De las entrañas del planeta salían agudos picos, afiladas crestas, cuarteados muros, casi verticales, de bloques rojos como heridas o negros como simas. En las planicies de luva, barridas por furiosos torbellinos, se divisaban quebradas y abismos que emanaban candente magma y parecían venas de fuego escarlata.
A gran altura, se alzaban densas nubes de ceniza, de un deslumbrante color azul celeste en la parte iluminada y negras, impenetrables, en la parte sombría. Gigantescos rayos, de miles de kilómetros de longitud, fulguraban zigzagueantes en todas direcciones, testimoniando la intensa saturación eléctrica de aquella atmósfera sin vida.
Veíase el pavoroso fantasma violeta del enorme sol, y el cielo negro, medio cubierto por un halo irisado, mientras abajo, en el planeta, se extendían unas sombras carmesíes en contraste con los caóticos amontonamientos de rocas, los llameantes surcos, sinuosidades y círculos de fuego y el continuo resplandor de unos relámpagos verdes…
Los estereotelescopios transmitían aquel cuadro y los filmes electrónicos lo recogían con una precisión imparcial ajena al ser humano.
Pero, a más de los aparatos, estaban allí los viajeros, seres vivos, sensibles, y su razón protestaba contra aquellas insensatas fuerzas de destrucción y acumulación de la materia inerte y discernía la hostilidad de aquel mundo de fuego cósmico desencadenado.
Absortos por el espectáculo, los cuatro astronautas intercambiaron unas aprobatorias miradas cuando la voz comunicó que el Argos se dirigía hacia el cuarto planeta.
Unos segundos más tarde, bajo los telescopios de la quilla del navío aparecía, agrandándose, el último planeta de Vega, de unas dimensiones semejantes a las de la Tierra. El Argos descendía casi verticalmente. Sin duda, los viajeros habían decidido explorar a toda costa el último planeta, última esperanza de descubrir un mundo que, aunque no fuera magnífico, sería al menos apto para la vida.
Erg Noor se sorprendió a sí mismo pronunciando mentalmente el concesivo modo adverbial. Seguramente, el mismo curso habían seguido los pensamientos de quienes habían gobernado el Argos y examinado con sus potentes telescopios la superficie del planeta.
«¡Al menos!»… Aquellas tres sílabas guardaban el adiós a los sueños de ver los espléndidos mundos de Vega, de hallar planetas-perlas en el fondo del océano cósmico.
Para ello, unos habitantes de la Tierra se habían recluido voluntariamente, para cuarenta y cinco años, en la astronave, y habían abandonado, por más de sesenta años, el planeta en que nacieran.