Bueno, antes de adoptar una determinación, esperemos a los astrónomos; después de la quinta vuelta, los despertaremos a todos, y entre tanto… — el jefe de la expedición se frotó las sienes y bostezó.

— ¡Los efectos de la sporamina se acaban! — exclamó Niza —. ¡Ya puede usted descansar!

— Bien, me instalaré en este sillón. ¡A lo mejor, se produce un milagro, y se oye aunque no sea más que algún sonido!

Tenía la voz de Erg Noor un acento que estremeció de ternura el corazón de Niza.

Hubiera querido apretar contra su pecho aquella cabeza tesonera, acariciar sus negros cabellos, en los que brillaban, prematuras, unas hebras de plata…

La muchacha se levantó, y luego de arreglar cuidadosa las hojas de datos, apagó la luz no dejando más que un débil claror verde a lo largo de los paneles con los aparatos y los relojes. La astronave, apacible y serena, cruzaba los infinitos espacios, absolutamente vacíos, describiendo su inmenso círculo. La astronauta de cabellos rojizos ocupó sin hacer ruido su puesto ante el «cerebro» de la gigantesca Tantra. Los aparatos tocaban con sordina, acompasados, su habitual cancioncilla; la menor alteración en su funcionamiento habría infringido, como una nota falsa, aquella melodía que iba fluyendo suave, al tono preciso. De vez en cuando, se repetían unos golpecitos, semejante a sonidos de un gong: era que el motor planetario auxiliar se conectaba para torcer el curso de la Tantra en línea curva. Los imponentes motores anamesónicos se callaban. La calma de la larga noche reinaba en la nave adormecida como si ningún grave peligro se cerniera sobre ella y sus moradores. De un momento a otro, iban a resonar en el altavoz las señales tan esperadas, y los dos navíos cósmicos frenarían su vuelo impetuoso, se aproximarían hasta hacer paralelas sus rutas y, luego de igualar sus velocidades, continuarían el viaje, como echados el uno junto al otro. Una ancha galería tubular enlazaría los dos pequeños mundos de ambas naves, y la Tantra recobraría su ciclópea fuerza.

En su fuero interno, Niza estaba tranquila, pues tenía fe en su jefe. Los cinco años de viaje no le parecían largos ni penosos. Sobre todo, desde que le amaba… E incluso antes de aquel amor, las observaciones apasionantes, los libros, la música y los filmes, en grabación electrónica, habían ido completando sin cesar sus conocimientos y hecho menos dolorosa la añoranza de la bella Tierra, perdida, como un granito de arena, en el fondo de las infinitas tinieblas. Sus compañeros eran gente de vasta cultura, y cuando los nervios estaban fatigados de las impresiones o del prolongado e intenso trabajo, un sueño profundo, mantenido por el regulador de las ondas hipnóticas, absorbía grandes lapsos de tiempo, que transcurrían sin sentir. Además, junto al amado era dichosa. Tan sólo la inquietaban las dificultades que pasaban los otros, y sobre todo él, Erg Noor… ¡Si ella pudiera!.. Mas ¿qué podía hacer una astronauta novel, completamente ignorante en comparación con aquellos hombres? Aunque tal vez los ayudara con su ternura, su buena voluntad, en continua tensión, y su ardiente deseo de hacer más llevadero el penoso trabajo.

El jefe de la expedición se despertó y alzó la cabeza, en la que sentía pesadez.

Continuaba la rítmica melodía, interrumpida, al igual que antes, por el espaciado golpeteo del motor planetario.

Niza Krit vigilaba los aparatos, levemente inclinada sobre ellos, con unas tenues huellas de cansancio en el juvenil rostro. Erg Noor miró el reloj dependiente, que computaba el tiempo astronáutico y, con elástico impulso, se levantó del profundo sillón.