— ¡He dormido catorce horas! ¡Y usted, Niza, no me ha despertado! Esto es… — al ver la gozosa sonrisa de ella, quedó cortado un instante —. ¡Vaya a descansar ahora mismo!
— ¿Me permite echar un sueño aquí, como usted? — le pidió la muchacha. Luego, corrió a tomar un bocado, se arregló un Poco y acomodóse en el sillón.
Sus ojos, castaños, brillantes, circundados de oscuras sombras, observaban a escondidas a Erg Noor, que, refrescado por una ducha ondular, la había relevado ante los aparatos. Después de comprobar los datos de los indicadores de PCE — protección de contactos electrónicos — el jefe empezó a pasear por la estancia a grandes pasos.
— ¿Por qué no duerme usted? — preguntó a la astronauta, en tono autoritario.
Ella movió la cabeza, esparciendo sus bucles rojizos, que demandaban ya la tijera, pues las mujeres no llevaban el pelo largo en las expediciones extraterrestres.
— Estoy pensando… — repuso indecisa —. E incluso ahora, cuando nos encontramos al borde del peligro, me inclino ante el poderío y la grandeza del hombre, que ha sabido penetrar tan lejos en las profundidades del espacio. Ustedes están ya familiarizados con mucho de esto, mientras que yo… es la primera vez que me encuentro en el Cosmos.
Hasta cuesta trabajo creerlo: ¡participo en un grandioso viaje, a través de las estrellas, hacia nuevos mundos!
Erg Noor esbozó una sonrisa y se pasó la mano por la frente.
— Debo desilusionarla; mejor dicho, mostrarle los verdaderos límites de nuestro poderío. Mire — se detuvo junto al proyector y en la pared del fondo de la cabina apareció la franja luminosa y ramificada de la Galaxia.
Erg Noor señaló a su más lejana rama, apenas perceptible entre las tinieblas, en la que se columbraban, como un polvillo opaco, unas espaciadas estrellas.