— Esto es una región desértica de la Galaxia, la zona pobre de luz y de vida donde se encuentra nuestro sistema solar y donde nos hallamos ahora nosotros… Pero, ya ve usted, incluso esta rama va del Cisne a la Carena y, a más de estar alejada de las zonas centrales, contiene una nube oscura, aquí… Para recorrer esta rama, nuestra Tantra necesitaría cerca de cuarenta mil años independientes. En salvar el vacío negro que separa nuestra rama de la siguiente, tardaríamos cuatro mil. Como ve, nuestros actuales vuelos por los espacios insondables no son todavía más que unos infantiles saltitos en un minúsculo circulillo, cuyo diámetro es sólo de cincuenta años-luz. Sin la potencia del Circuito, ¡cuan poco sabríamos del Universo! Las informaciones, las imágenes, los pensamientos transmitidos desde distancias inaccesibles para la corta vida humana nos llegan, tarde o temprano, y vamos conociendo mundos cada vez más distantes. Nuestros conocimientos aumentan de continuo, y esta labor no se interrumpe ni un instante!
Niza escuchaba suspensa.
— Los primeros vuelos intersiderales… — continuó, soñador, el jefe —. Pequeñas naves lentas, sin potentes corazas protectoras. Y además, nuestros antepasados vivían la mitad de tiempo que nosotros. ¡Entonces sí que era digna de admiración la grandeza del hombre!
La muchacha meneó bruscamente la cabeza, como siempre que no estaba de acuerdo.
— Pasarán los años — repuso —, y cuando se encuentren otros procedimientos para vencer los espacios, en vez de penetrar en ellos a viva fuerza, dirán de ustedes: «¡Ésos sí que eran héroes! ¡Supieron conquistar el Cosmos con unos medios tan primitivos!» El jefe de la expedición sonrió alegremente y tendió la mano hacia la muchacha:
— ¡También lo dirán de usted, Niza!
Ella enrojeció.
— ¡Yo me siento orgullosa de estar aquí, a su lado! ¡Qué no haría yo con tal de volver al Cosmos, una y otra vez!..
— Lo sé — dijo meditativo Erg Noor —. ¡Pero hay quien piensa de otra manera!..
Con su intuición femenina, la muchacha adivinó lo que él quería decir. Tenía el jefe en su camarote dos estereorretratos de una maravillosa tonalidad áureo-lilácea. Ambos eran de Veda Kong, historiadora del antiguo mundo, bella mujer de ojos azules, como el cielo terrestre, que miraban límpidos bajo las largas y arqueadas cejas. En uno de los retratos, bronceada, con una deslumbradora sonrisa en los labios, alzados los brazos, posaba las manos en sus cabellos de color ceniza. Y en el otro reía jubilosa sobre una pieza de artillería naval, monumento de la más remota antigüedad.