Erg Noor, perdidos sus bríos, se sentó lentamente ante la astronauta.
— ¡Si usted supiera, Niza, con qué brutalidad ha destruido el destino mis sueños allá abajo, en Zirda! — dijo de pronto, con sorda voz, empuñando con cuidado la palanca para poner en marcha los motores de anamesón, como si quisiera acelerar al máximo el raudo vuelo de la astronave.
— Si Zirda no hubiera perecido y nos hubiésemos reaprovisionado de combustible — prosiguió en respuesta a la muda pregunta de Niza —, yo habría continuado la expedición.
Así se acordó con el Consejo. Zirda habría cursado a la Tierra los mensajes necesarios, y la Tantra habría partido con quienes lo deseasen… A los demás los habría recogido allí el Algrab, después de hacer aquí la guardia.
— ¿Quién hubiera accedido a quedarse en Zirda? — preguntó, indignada, la muchacha —. ¿Cree que Pur Hiss? ¡Un gran hombre de ciencia como él no habría resistido al deseo de investigar, de saber!
— ¿Y usted, Niza?
— ¿Yo? ¡Qué duda cabe!
— Bien… Pero ¿dónde? — inquirió de súbito Erg Noor, con acento firme, mirándola fijamente.
— Donde fuera, incluso aquí… — respondió ella, mostrando un negro abismo que se extendía entre dos ramas de la Galaxia, y devolvió a Noor la tenaz mirada, entreabiertos los labios.
— ¡Oh, no tan lejos! Usted, querida astronauta, sabe que hace cerca de ochenta y cinco años se llevó a cabo la treinta y cuatro expedición astral, conocida con el nombre de «Escalonada». Tres astronaves, que se aprovisionaban mutuamente de combustible, partieron hacia la Lira, alejándose cada vez más de la Tierra. Las dos que no llevaban investigadores a bordo regresaron al globo terráqueo cuando hubieron suministrado todo su anamesón. Así escalan los alpinistas las más altas cimas. En cuanto a la tercera, llamada Argos…