— Una hora como mínimo.
— No vale la pena. Dentro de una hora empieza la transmisión de las últimas noticias por la red universal. Embebidos en el trabajo, hace dos noches que no enchufamos el receptor de radio.
— Entonces, cante usted algo, Veda — le rogó Dar Veter —. Kart San tiene ese eterno instrumento musical con cuerdas que data de los Siglos Sombríos de la sociedad feudal.
— Una guitarra — aclaró Chara Nandi.
— ¿Y quién va a acompañarme?… Probaré yo, tal vez pueda…
— ¡Yo sé tocarla! — dijo Chara, y se ofreció a ir por ella al estudio.
— Vayamos los dos — le propuso Frit Don.
Chara echó hacia atrás, con arrogancia, sus cabellos negros, abundantes y espléndidos. Sherlis tiró de una palanca y corrió la pared lateral de la terraza, dejando al descubierto un paisaje de la orilla oriental del golfo. Frit Don partía ya a grandes zancadas y saltos. Chara, la cabeza erguida, corría también. Y aunque la muchacha se rezagó al principio, ambos llegaron juntos al estudio. Desaparecieron por la negra boca de la puerta, y, al cabo de un segundo, volvían raudos, bordeando el mar a la luz de la luna, compitiendo tenaces en velocidad. Frit Don alcanzó el primero la terraza, pero Chara, irrumpiendo por la abertura lateral, se encontró en su interior antes que él.
Veda aplaudió entusiasmada:
— ¡Ha vencido a Frit, al campeón de las pruebas primaverales de decatlón!