— Las danzas pueden esperar. ¡Ya es la hora de la transmisión!

En la azotea del edificio, un telescopio alargó su tubo elevando a mucha altura el extremo con dos placas metálicas cruzadas y ocho hemisferios sobre el anillo terminal. La habitación se llenó de potentes sonidos.

La emisión empezó con la exhibición de una de las nuevas ciudades espirales de la zona Norte de viviendas. Entre los urbanistas dominaban dos tendencias arquitectónicas:

la ciudad en forma de pirámide o la construida en espiral. Edificábase en lugares especialmente cómodos para la vida, donde se concentraba el servicio de las grandes fábricas automáticas, cuyos cinturones se alternaban con los círculos de arboledas y prados que rodeaban la ciudad, la cual debía dar obligatoriamente al mar o a un gran lago.

Las ciudades se erigían en las elevaciones del terreno y en forma escalonada, para que no hubiera ni una sola fachada que no estuviera plenamente abierta al sol, al viento, al cielo y las estrellas. Al otro lado de los edificios se encontraban los locales de las máquinas, los almacenes, los distribuidores, los talleres y las cocinas, que a veces penetraban hondamente en la tierra. Los partidarios de las ciudades piramidales consideraban que la superioridad de éstas era su relativamente poca altura, unida a una considerable capacidad, mientras que los constructores de ciudades espirales erigían sus obras a una altura de más de un kilómetro. Ante los miembros de la expedición marítima apareció una empinada espiral que refulgía al sol con sus millones de opalinas paredes de plástico, armaduras de piedra fundida, con bordes de porcelana, y puntales de metal bruñido. Cada espiral se elevaba desde la periferia hacia el centro. Las grandes manzanas de casas estaban separadas por profundos nichos verticales. A fantástica altura, se veían leves puentes colgantes, balcones y salidizos de jardines. Centelleaban los contrafuertes, que ensanchábanse hacia su base abrazando las enormes escalinatas.

Estas conducían a parques escalonados, extendidos en abanico hacia el primer cinturón de espesas arboledas. Las calles también se alzaban en espiral por el perímetro de la urbe o en su interior, bajo cubiertas de cristal, sin que hubiera en ellas ningún vehículo:

cadenas continuas de transportadores se deslizaban ocultas en acanaladuras longitudinales.

La gente — unos bulliciosos y reidores, otros serios y graves — iba rápida por las calles, paseaba tranquila bajo las arcadas o descansaba en miles de lugares apacibles: entre las columnatas, en los amplios rellanos de las hermosas escaleras, en los jardines colgantes, plantados en los salidizos…

El espectáculo de la gran urbe duró poco tiempo; comenzó la emisión hablada.

— Continúa la discusión del proyecto presentado por la Academia de Radiaciones Dirigidas — dijo el hombre que apareció en la pantalla — sobre la sustitución del alfabeto lineal por la grabación electrónica. El proyecto no encuentra aprobación unánime. La principal objeción que se hace es la complejidad de los aparatos de lectura. El libro dejaría de ser el amigo y acompañante inseparable del hombre. A pesar de sus aparentes ventajas, el proyecto será rechazado.