— Quería ayudarle a puntualizar sus reflexiones. Acabamos de recibir una oferta: hay una vacante en las minas submarinas de titanio de la costa occidental de América del Sur.

Éste es el trabajo más difícil de cuantos existen hoy… ¡Pero hay que ir allí con urgencia!

Dar Veter se alarmó.

— No tendré tiempo de pasar las pruebas en la sección más próxima de la Academia de Psicofisiología del Trabajo.

— Las pruebas anuales reglamentarias que usted ha pasado, en su anterior trabajo, le relevan de éstas.

— ¡Envíe la comunicación y deme las coordenadas! — replicó con viveza Dar Veter.

— Punto KM40, estación 6L, ramificación Sur N. 17 de la rama Oeste de la Vía Espiral.

Lanzo la advertencia.

El rostro serio desapareció de la pantalla. Dar Veter recogió sus pequeños efectos personales y metió en un cofrecillo las películas donde estaban grabadas las imágenes y las voces de sus íntimos, así como sus propias reflexiones más importantes. Quitó de la pared una reproducción cromorrefleja de un antiguo cuadro ruso y, de la mesa, una estatuilla de bronce de la actriz Bello Gal, que se parecía a Veda Kong. Todo aquello, en unión de un poco de ropa, cupo perfectamente en un cajón de aluminio con unas redondas cifras en relieve y unos signos lineales en la tapa. Dar Veter marcó las coordenadas que le habían facilitado, abrió una trampa de la pared y dejó en el hueco el cajón, que desapareció al momento, llevado por una cinta sin fin. Luego, inspeccionó sus habitaciones. Desde hacía muchos siglos, no había en nuestro planeta personas encargadas especialmente del arreglo de los locales. Sus funciones las desempeñaba cada morador, lo que requería singular orden y disciplina por parte de todos ellos, como asimismo un sistema bien meditado de estructuración de las viviendas y edificios públicos y la automatización de su ventilación y limpieza.

Terminada la inspección, Dar Veter bajó la palanquilla que había junto a la puerta, indicando así a la estación distribuidora de locales que sus habitaciones quedaban libres, y salió. La galería exterior, encristalada con placas de un color blanco lechoso, estaba caldeada por el sol, pero la brisa marina refrescaba como siempre la azotea. Los puentecillos para peatones, tendidos en la altura entre los enrejados edificios, parecían flotar en el aire e invitaban a pasear sin prisas, pero, de nuevo, no era Dar Veter dueño de sí mismo. El tubo de descenso automático le condujo al correo magneto-eléctrico subterráneo, y, desde éste, un vagoncillo le llevó a la estación de la Vía Espiral. Dar Veter no fue al Norte, al estrecho de Bering, por donde pasaba el arco de unión de la rama Oeste. Siguiendo aquel camino, hasta América del Sur, y sobre todo hasta un lugar tan meridional como la ramificación N. 17, se tardaban cerca de cuatro días. En cambio, por las latitudes de las zonas de viviendas Norte y Sur pasaban líneas de espirópteros de carga que daban la vuelta al planeta a través de los océanos y enlazaban, por el camino más corto, las ramas de la Vía Espiral. Dar Veter fue por la rama central hasta la zona Sur de viviendas, con la esperanza de convencer al jefe de transportes aéreos de que él era una carga urgente. De este modo, a más de reducir el viaje a treinta horas, Dar Veter podría ver al hijo de Grom Orm, presidente del Consejo de Aeronáutica, que le había elegido mentor del chico.