El muchacho era ya mayor y, al año siguiente, debía emprender «los doce trabajos de Hércules». Entre tanto, trabajaba en el Servicio de Vigilancia, en los pantanos de África Occidental.
No había joven alguno que no soñara con pertenecer al Servicio de Vigilancia. ¡Qué apasionante era acechar la aparición de los tiburones en el océano, de los insectos dañinos, de los vampiros y los reptiles en los pantanos tropicales, de los microbios morbíficos en las zonas esteparia y forestal, descubrir y aniquilar estas terribles plagas del pasado de la Tierra que, misteriosamente, aparecían una y otra vez, resurgiendo de los apartados rincones del planeta! La lucha contra las formas nocivas de la vida proseguía sin tregua. Los microorganismos, insectos y hongos reaccionaban a los nuevos medios de exterminio produciendo nuevas especies que se resistían a los compuestos químicos más fuertes. Hasta la Era de la Unificación Mundial, no se había aprendido a emplear acertadamente los antibióticos enérgicos, sin dar lugar a consecuencias peligrosas.
«Si Dis Ken — pensaba Dar Veter — ha sido destinado a la vigilancia de los pantanos, se hará un buen trabajador desde los años mozos.» El hijo de Grom Orm, como todos los niños de la Era del Circuito, se había educado en una escuela a orillas del mar, en la zona Norte. Allí mismo había pasado las primeras pruebas en la estación psicológica de la APT.
Al encomendar un trabajo a los jóvenes, se tenían siempre en cuenta las particularidades psicológicas de la juventud, sus impulsos hacia el futuro, elevado sentido de la responsabilidad y egocentrismo.
El enorme vagón se deslizaba raudo, sin ruido ni oscilaciones. Dar Veter subió al piso superior, con techo transparente. Allá abajo, lejos, y a ambos lados de la Vía, desfilaban, veloces, edificios, canales, bosques y cimas de montañas. La cinta de las fábricas automáticas, en el límite entre las zonas agrícola y forestal, refulgía al sol con sus cúpulas de vidrio «lunar». Los severos contornos de las colosales máquinas se columbraban a través de las paredes de cristal.
Pasó fugaz el monumento a Zhin Kand, inventor de un medio barato de obtención de azúcar artificial, y la arcada de la Vía empezó a cruzar los bosques de la zona agrícola tropical. Extendíanse inacabables, hasta perderse de vista, espesas franjas y selvas enteras de árboles de diversas formas y alturas, con follaje y cortezas de distintos matices. Por las llanas sendas que dividían los ingentes macizos de verdor, se deslizaban lentas las cosechadoras mecánicas, las máquinas de polinización y de recuento; innumerables cables brillaban como una descomunal telaraña. Hubo un tiempo en que el símbolo de la abundancia era el dorado trigal. Pero en la Era de la Unificación Mundial se comprendió ya la desventaja económica de los cultivos anuales; el traslado de toda la agricultura a la zona tropical hizo innecesario el cultivar cada año plantas y arbustos, cosa que requería mucha mano de obra y gran esfuerzo. Los árboles, vegetales vivaces que agotaban menos el terreno y resistían bien los rigores climáticos, constituían ya los cultivos fundamentales siglos antes de la Era del Circuito.
Árboles que proporcionaban grano para el pan, nueces, avellanas, piñones, bayas, miles de variedades de frutos ricos en proteínas, daban un quintal métrico de masa nutritiva por unidad. Inmensos vergeles, con una superficie de centenares de millones de hectáreas, rodeaban la Tierra en doble cinturón, verdadero cinturón de Ceres, la diosa mitológica de la agricultura. Entre ellos se encontraba la zona forestal ecuatorial, océano de húmedos bosques tropicales que aprovisionaba al planeta de madera de todas clases:
blanca, negra, violeta, rosa, dorada, gris con reflejos de seda, dura como el hueso y blanda como la pulpa de la manzana, sumergible como la piedra y flotante como el corcho. Allí se obtenían decenas de variedades de resina, más baratas que las sintéticas y que al propio tiempo poseían valiosísimas cualidades industriales o curativas.
Las copas de los gigantes silvestres llegaban al nivel de la Vía, y un mar verde susurraba a ambos lados de ella. En sus umbrías profundidades, en medio de acogedores claros, escondíanse las casas sobre altos pilotes metálicos y las enormes máquinas, semejantes a monstruosas arañas, que conseguían transformar toda aquella vegetación salvaje, de ochenta metros de altura, en sumisas pilas de troncos y tablas.
Las redondas cimas de las célebres montañas del ecuador aparecieron a la izquierda.