Sobre una de ellas, el Kenia, se encontraba un puesto de transmisión del Gran Circuito. El mar de bosques refluyó a la izquierda, dejando sitio a una pedregosa llanura. A los lados, se alzaron unas construcciones azules de forma cúbica.
El tren se detuvo, y Dar Veter salió a la amplia plaza, pavimentada de cristal verde, de la Estación del Ecuador. Cerca del puente para peatones, tendido sobre las copas planas, gris azuladas, de unos cedros del Atlas, se erguía una pirámide de aplita blanca, como de porcelana, del río Lualabá. En su truncada cúspide había una estatua de un hombre, con mono de trabajo, de la Era del Mundo Desunido. Con la mano derecha empuñaba un martillo y con la izquierda elevaba hacia el pálido cielo ecuatorial un globo refulgente con los cuatro vástagos de las antenas de emisión. Aquello era un monumento a los constructores de los primeros sputniks de la Tierra, que habían realizado la gran hazaña laboral, plena de inventiva y audacia. Todo el cuerpo del hombre, echado hacia atrás, parecía dar impulso al globo para lanzarlo al firmamento y expresaba la inspiración del esfuerzo. Aquel esfuerzo se lo transferían las figuras de unas gentes, con vestiduras extrañas, que rodeaban el pedestal.
Dar Veter contemplaba siempre con emoción los rostros de aquellas estatuas. Sabía que los hombres que habían construido los primeros satélites artificiales y llegado a los umbrales del Cosmos eran rusos, es decir, pertenecían al mismo admirable pueblo del que procedía Dar Veter y que había sido el primero en emprender tanto la edificación de la nueva sociedad como la conquista del Cosmos…
Y, como siempre, Dar Veter se dirigía hacia el monumento para examinar una vez más los rasgos de los antiguos héroes, buscando parecidos y diferencias con los modernos.
Bajo las aterciopeladas ramas argentadas de los leucodendros sudafricanos que encuadraban la pirámide, centelleante al sol con cegadores reflejos, aparecieron dos esbeltos jóvenes y detuviéronse al momento. Uno de ellos se abalanzó hacia Dar Veter para abrazarlo. Abarcando con el brazo la potente espalda, el muchacho contempló a hurtadillas las conocidas facciones de aquel rostro enérgico: la nariz grande, el mentón ancho, los labios dilatados en alegre sonrisa de sorpresa que contrastaba con la expresión algo sombría de los ojos de acero, bajo las juntas cejas.
Dar Veter examinó con aprobatoria mirada al hijo del hombre ilustre, constructor de estaciones en el sistema planetario del Centauro y presidente, desde hacía cinco trienios, del Consejo de Astronáutica. Grom Orm debía de tener, como mínimo, ciento treinta años, tres veces más que Dar Veter.
Dis Ken llamó a su compañero, un muchacho de cabellos negros.
— Tor An, mi mejor amigo, el hijo del compositor Zig Zor. Trabajamos los dos en los pantanos. Queremos hacer juntos «los trabajos de Hércules» y no separarnos jamás.
— ¿Sigues con tu afición a la cibernética de la herencia? — preguntó Dar Veter.
— ¡Desde luego! Tor, que es músico como su padre, la ha hecho aún mayor. Él y su novia… sueñan con dedicarse a una esfera en que la música ayuda a comprender la evolución del organismo vivo, es decir, a estudiar la sinfonía de su estructura.