— Aún disponemos de dos horas. Vayamos a la ciudad. A vosotros, seguramente, os gustará ver la Casa de lo Nuevo.
— No, no. Nosotros quisiéramos… que nos contestara a unas preguntas. Las tenemos preparadas. ¡Y eso es tan importante para elegir camino!..
Dar Veter accedió, y los tres se dirigieron a una habitación de la Sala de Huéspedes, refrescada por una brisa marina artificial.
Dos horas más tarde, otro vagón llevaba ya a Dar Veter, adormecido de cansancio sobre un diván. Se despertó en la parada de la Villa de los Químicos. Un inmenso edificio, en forma de estrella de diez refulgentes puntas de cristal, se alzaba junto a unos grandes yacimientos de hulla. El carbón de piedra que se extraía de ellos era transformado en medicamentos, vitaminas, hormonas, sedas y pieles artificiales. Los residuos se destinaban a la preparación de azúcar. En una de las puntas del edificio, se obtenían del carbón metales raros, como el germanio y el vanadio. ¡Qué no encerraría el preciado mineral negro!
Un viejo compañero de Dar Veter, que trabajaba allí de químico, le recibió. Hubo en un tiempo tres alegres jóvenes mecánicos en una estación indonésica de máquinas cosechadoras de frutos de la zona tropical… Uno de ellos era ya químico y estaba al frente del gran laboratorio de una importante fábrica; otro continuaba siendo horticultor y había inventado un nuevo procedimiento de polinización; en cuanto al tercero, Dar Veter, volvía otra vez al seno de la Tierra, más hondo aún, a sus profundas entrañas. Aunque los dos amigos no estuvieron juntos más de diez minutos, aquel contacto directo era bastante más agradable que las entrevistas por medio de las pantallas de TVF.
El resto del viaje lo hizo con rapidez. El jefe de la línea aérea latitudinal, mostrando la benevolencia propia de todos los hombres de la época del Circuito, se dejó convencer fácilmente.
Dar Veter cruzó en avión el océano y se encontró en la rama Occidental de la Vía, al Sur de la ramificación 17, en cuyo extremo costero se transbordó a un out-board.
Altas montañas bordeaban el mar. En sus faldas, de suave pendiente, había unas mesetas escalonadas de piedra blanca que contenían el terreno, cubierto de hileras de pinos meridionales y widdringtonias, cuyo follaje broncíneo y agujas azul-verdosas alternaban en alamedas paralelas. Más arriba, en las rocas desnudas, se divisaban oscuras quebradas a las que caía, como un fino polvillo, el agua de las cascadas. Por las mesetas se esparcían las casitas en espaciadas hileras, con sus tejados gris-azulencos, pintadas de color naranja o amarillo de oro.
Un promontorio artificial de arena se internaba lejos, en el mar y terminaba en una torre bañada por las olas. Ésta se erguía al borde de un acantilado que se hundía en el océano a una profundidad de un kilómetro. Del pie de la torre partía vertical hacia abajo un enorme tubo de hormigón cuyas gruesas paredes resistían a la fuerte presión abisal. Al llegar al fondo, penetraba en la cumbre de una montaña submarina, compuesta de rutilo — óxido de titanio — casi puro. Todo el beneficio del mineral se efectuaba bajo el agua y las montañas, únicamente subían a la superficie los grandes lingotes de titanio puro y los residuos, que se expandían por ella enturbiándola en una amplia extensión. Aquellas olas amarillas y turbias balanceaban el out-board ante el desembarcadero, situado en la parte sur de la torre. Dar Veter aprovechó un momento propicio y saltó a una pequeña plazoleta, mojada de las salpicaduras. Luego, subió a una galería cubierta donde se habían congregado varias personas, salientes de guardia, para recibir al nuevo compañero. Los trabajadores de aquella mina, que a Dar Veter le pareciera tan aislada, no eran los sombríos anacoretas que él se había imaginado bajo la influencia de su estado de ánimo. Caras afables le sonreían alegres, aunque en ellas se reflejaba el cansancio del duro trabajo. Eran cinco hombres y tres mujeres, pues allí había también personal femenino…
Pasaron diez días. Dar Veter ya estaba acostumbrado a su nuevo trabajo.