Sí, ¡la mayor lucha del hombre era la lucha contra el egoísmo! No había que combatirlo con máximas sentimentales ni con una moral bella, pero ineficaz, sino con la comprensión dialéctica de lo que el egoísmo significaba. Éste no era un engendro de algún espíritu maligno, sino el natural instinto de conservación del hombre primitivo, que había desempeñado tan gran papel en el salvajismo. Ahí estaba la causa de que en individualidades fuertes, brillantes, el egoísmo fuera también fuerte, con bastante frecuencia, y difícil de vencer. Pero esa victoria constituía una necesidad, quizá más imperiosa en la sociedad moderna. Por ello se dedicaban tantos esfuerzos y tiempo a la educación y se estudiaba con sumo cuidado la estructura de la herencia de cada uno. En la grandiosa mezcla de razas y pueblos que habían creado una sola familia en el planeta, surgían de pronto, de las ignotas profundidades de la herencia, los más inesperados rasgos del carácter de los antepasados. Producíanse sorprendentes desviaciones psíquicas que tenían sus orígenes en los tiempos de grandes calamidades de la Era del Mundo Desunido, cuando los hombres no guardaban precauciones en las pruebas y empleo de la energía nuclear, lesionando así la herencia de multitud de personas…

Dar Veter también había tenido una larga genealogía, innecesaria ya. El estudio de los antepasados se había sustituido por el análisis directo de la estructura del mecanismo hereditario, análisis que en el tiempo presente adquiría mayor importancia debido a la longevidad. A partir de la Era del Trabajo General, los hombres vivían hasta ciento setenta años, y ya se vislumbraba que los trescientos no eran el límite de la vida humana…

El susurro de unas piedrecillas al rodar arrancó a Dar Veter de sus vagas y complejas meditaciones. Por la vertiente descendían dos personas: la operaría de la sección de electro-fundición, mujer callada y tímida, y el ingeniero del servicio exterior, hombre pequeño y vivaracho. Los dos, colorados de la rápida marcha, saludaron al pasar con la intención de seguir su camino, pero Dar Veter los detuvo.

— Hace tiempo quería pedirle — dijo, dirigiéndose a la operaría — que ejecutara la trece sinfonía cósmica en fa menor azul. Usted ha tocado mucho para nosotros, pero nunca esa obra musical.

— ¿La de Zig Zor? — inquirió la mujer, y como Dar Veter asintiera, ella se echó a reír.

— Hay pocas personas en la Tierra capaces de interpretarla… El piano solar de triple teclado es demasiado pobre, y todavía no está hecha la transposición… Yo dudo de que la hagan alguna vez. Pero ¿por qué no pide usted a la Casa de la Música Superior que pongan la grabación? Nuestro receptor es universal y de bastante potencia.

— Yo no sé cómo se hace eso — barbotó Dar Veter —. Antes, no…

— ¡Yo la pediré esta noche! — le prometió y, luego de tenderle la mano a su acompañante, continuó el descenso.

Durante el resto del día, Dar Veter tuvo el presentimiento de que iba a acontecer algo trascendental. Con extraña impaciencia aguardaba las once de la noche, hoja fijada por la Casa de la Música Superior para la transmisión de la sinfonía.

La operaría de la electrofundición, como directora de la velada, colocó a Dar Veter y a otros aficionados en el campo focal de la pantalla semiesférica de la sala de conciertos, frente a la rejilla de plata de la caja de resonancia. Apagó la luz, después de explicar que ésta impediría apreciar bien la parte cromática de la sinfonía, la cual sólo podía ejecutarse en una sala especialmente equipada, mientras que allí, por fuerza, veríase constreñida al espacio interior de la pantalla.