En las tinieblas, percibíase solamente la débil claridad de la pantalla y apenas se oía el constante fragor del mar. Allá, en la infinita lejanía, surgió un sonido grave y tan denso que parecía tener corporeidad. Se hacía cada vez más fuerte, conmoviendo la estancia y los corazones; luego descendió de pronto, aumentando de tono, y desgranose al punto, esparcido en millones de añicos de cristal. Unas chispas minúsculas, de anaranjados destellos, rasgaron las sombras. Aquello era como la descarga del rayo primitivo que fundiera por primera vez, hacía millones de siglos, las combinaciones simples de carbono en moléculas más complejas que habían de ser base de la materia orgánica y de la vida.
A continuación, se alzó una ola de agitados sonidos desacordes, y un coro de mil voces cantó el dolor, la nostálgica tristeza, la desesperación, matizados de unos tenues fulgores purpúreos y escarlata que se encendían y apagaban con celeridad.
En la sucesión de las breves notas, que vibraban con brusquedad, observose un movimiento circular ascendente, y una confusa espiral de fuego gris se elevó sinuosa a gran altura. De súbito, el torbellino del coro fue hendido por unas notas largas, arrogantes y sonoras, plenas de impetuosa fuerza.
Los vagos contornos ígneos del espacio eran atravesados por las nítidas líneas azules de unas flechas de fuego que volaban en las insondables tinieblas, más allá de la espiral, para hundirse en la noche del espanto y el silencio.
Oscuridad y silencio: tal era el final de la primera parte de la sinfonía.
Antes de que los oyentes, un poco aturdidos, tuvieran tiempo de pronunciar una palabra, se reanudó la música. Anchas cascadas de potentes sonidos, acompañados de cegadores reflejos multicolores, caían, cada vez más bajos y débiles, mientras se apagaban, en melancólico ritmo, las luces centelleantes. De nuevo, algo estrecho y afilado palpitó impetuoso en las cascadas, y otra vez las luces azules empezaron a danzar en ascensión rítmica.
Dar Veter, maravillado, percibió en los sonidos azules la tendencia a la complicación de ritmo y de formas, y pensó que no había mejor manera de reflejar la primitiva lucha de la vida contra la entropía… Escalones, diques y filtros contenían la caída de la energía a los niveles inferiores. «¡Así es, así precisamente! ¡Ahí están los primeros impulsos de la muy compleja organización de la materia!» Las flechas azules se unieron en una zarabanda de figuras geométricas, de formas cristalinas y de enrejados que se complicaban proporcionalmente a las combinaciones de tonos menores, o se esparcían y agrupaban de nuevo para desvanecerse súbitos en la penumbra gris.
La tercera parte de la sinfonía se inició con una lenta sucesión armónica de notas graves, a cuyo compás se encendían y apagaban unos faroles azules que se hundían en el abismo infinito del espacio y el tiempo. La afluencia de sones profundos, amenazadores, aumentaba y su ritmo se hacía más frecuente convirtiéndose en una melodía entrecortada, siniestra. Las luces azules se inclinaban como flores sobre sus finos e ígneos tallos. Abatíanse tristes al embate de los sones de cobre, broncos y retumbantes, que se iban extinguiendo. Pero las filas de aquellos farolillos o lucecillas se hacían cada vez más compactas, y sus tallos más gruesos. Dos franjas de fuego perfilaban ya un camino que se perdía en la negrura inacabable, mientras en la inmensidad del Universo expandíanse, doradas y sonoras, las voces de la vida, animando con su calor magnífico la sombría indiferencia de la materia en movimiento. La oscura senda se convertía en un río, en un torrente gigantesco de llamas azules, en el que rielaban, como arabescos cada vez más caprichosos, los multicolores reflejos.
Las sutiles combinaciones superiores de armoniosas curvas y de superficies esféricas eran tan bellas como los tensos acordes escalonados y ascendentes, cuya sucesión aumentaba con suma rapidez la complejidad de la sonora melodía, que resonaba más y más fuerte…
Dar Veter sentía mareos y no podía seguir todos los matices de la música y la luz. Tan sólo captaba las líneas generales de aquella obra grandiosa. En el océano de agudas notas límpidas, cristalinas, cabrilleaba, gozosa y espléndida, la potente luz azul. El tono iba en continuo crescendo. La melodía siguió girando vertiginosa en espiral ascendente, hasta que se quebró de pronto en cegadora explosión de fuego.