La sinfonía había terminado, y Dar Veter comprendió al fin qué era lo que le faltaba durante aquellos largos meses. Le faltaba el trabajo lo más cerca posible del Cosmos, de la espiral — que giraba en constante ascenso — de la tendencia humana hacia el futuro.

Desde la sala de conciertos fue directamente al puesto de conferencias televisofónicas y llamó a la estación central de distribución de trabajo de la zona Norte de viviendas. El joven informador que había enviado a Dar Veter a las minas, le reconoció y se alegró de verle.

— Esta mañana le han llamado del Consejo de Astronáutica, pero no he podido establecer contacto con usted. Ahora mismo le pongo en comunicación.

La pantalla se apagó para volver a iluminarse al instante, y en ella surgió Mir Om, primer secretario de los cuatro del Consejo. Estaba muy serio, incluso triste, al menos así le pareció a Dar Veter.

— ¡Ha ocurrido una gran desgracia! El satélite artificial 57 ha perecido. El Consejo le confía una misión extraordinariamente difícil. Le enviaré ahora mismo una planetonave iónica. ¡Esté preparado!

Dar Veter permaneció inmóvil de estupor, ante la pantalla apagada.

Capítulo VIII. OLAS ROJAS

En el amplio balcón del Observatorio soplaba libre el viento. Traía de África, a través del mar, el incitante aroma de las flores tropicales, que despertaba inquietos anhelos.

Mven Mas, por muchos esfuerzos que hacía no lograba adquirir esa serena firmeza, exenta de toda duda, tan necesaria la víspera de una gran prueba. Ren Boz le había comunicado desde el Tíbet que el reequipamiento de la instalación de Kor Yull estaba terminado. Los cuatro observadores del satélite artificial 57 habían accedido de buen grado a arriesgar su vida con tal de colaborar en una experiencia que desde hacía largos años no se efectuaba en la Tierra.