— No en vano me llamó la atención Chara Nandi, en cuanto la conocí — dijo Evda Nal —. Es una gran artista. ¡Acabamos de ver la danza de la fuerza de la vida! Eso debía de ser el Eros de los antiguos…
— Ahora comprendo la razón que tenía Kart San al afirmar que la belleza es más importante de lo que nos parece. En ella está la dicha y el sentido de la vida. ¡Certeras palabras! Y su definición también es cierta — asintió Veda, quitándose los zapatos y hundiendo los pies en el agua tibia que chapoteaba en los escalones.
— Cierta cuando la fuerza psíquica es engendrada por un cuerpo sano, pleno de energía — rectificó Evda Nal, en tanto se despojaba del vestido, y arrojóse a las transparentes olas.
Veda le dio alcance y ambas nadaron hacia una enorme isla de caucho, que brillaba argentada a kilómetro y medio del estadio. Su superficie plana, al mismo nivel del mar, estaba bordeada de hileras de conchas de nacarado plástico, lo suficientemente grandes para proteger del sol y del viento a tres o cuatro personas, aislándolas por completo de sus vecinos.
Ambas mujeres se echaron sobre el blando fondo balanceante de la «concha», a respirar el aire eternamente fresco del mar.
— Desde que nos vimos en la costa, ¡se ha tostado usted mucho! — comentó Veda, observando a su amiga —. ¿Ha estado junto al mar o ha tomado píldoras de pigmentación broncínea?
— Es de las píldoras PB — confesó Evda —. Sólo he estado al sol ayer y hoy.
— ¿No sabe verdaderamente dónde está Ren Boz? — inquirió Veda.
— Sobre poco más o menos, lo sé, y ello es bastante para sentirme intranquila — repuso quedo Evda Nal.
— ¿Es que usted querría?… — Veda no terminó la pregunta, y Evda, alzando lentamente los ojos, la miró de frente, a la cara.