— Pues yo me imaginaba un lindo niño de ojos grandes… con una boquita tan acariciadora y sorprendida como la de usted… pero con pecas y chatillo — dijo picara Veda, perdida la mirada en la lejanía.
Luego de una pausa, su amiga le preguntó:
— ¿No tiene usted aún nuevo trabajo?
— No, espero a la Tantra. Después habrá una expedición larga.
— ¿Quiere venir conmigo a ver a mi hija? — Le propuso Evda, y Veda aceptó de buena gana.
Todo un muro del Observatorio estaba ocupado por una pantalla semiesférica, de siete metros, para la proyección de fotografías y filmes tomados por los potentes telescopios.
Mven Mas puso una vista panorámica de un sector del cielo, cercano al polo norte de la Galaxia, banda meridional de constelaciones desde la Osa Mayor hasta el Cuervo y el Centauro. Allí, en los Lebreles, la Cabellera de Berenice y Virgo, se encontraban multitud de galaxias, islas siderales del Universo en forma de ruedas planas o discos. Muchas de ellas se habían descubierto sobre todo en la Cabellera de Berenice: aislados, regulares e irregulares, en distintas posiciones y proyecciones, a veces a inimaginables distancias de miles de millones de parsecs y en ocasiones formando enormes «nubes» de decenas de miles de galaxias. Las más grandes llegaban a tener de veinte a cincuenta mil parsecs de diámetro, como nuestra isla estelar o galaxia NN891G5 + SB23, que antiguamente se llamaba M — 31 o Nebulosa de Andrómeda. Esta se divisa desde la Tierra, a simple vista, como una nubécula borrosa de débil luminosidad. Hacía mucho tiempo que los hombres habían desentrañado el misterio de aquella nubécula. Se trataba de un gigantesco sistema estelar, de forma de rueda y una vez y media mayor que nuestra enorme Galaxia.
El estudio de la Nebulosa de Andrómeda, a pesar de estar separada por cuatrocientos cincuenta mil parsecs de los observadores terrestres, había contribuido grandemente al conocimiento de nuestra propia Galaxia.
Mven Mas recordaba desde su infancia magníficas fotografías de distintas galaxias, obtenidas por inversión electrónica de las imágenes ópticas o mediante radiotelescopios que penetraban aún más lejos en las profundidades del Cosmos, como los de Pamir y la Patagonia, cada uno de los cuales tenía cuatrocientos kilómetros de diámetro. Las galaxias, inmensas acumulaciones de miríadas de estrellas, situadas a millones de parsecs unas de otras, siempre habían despertado en él un ardiente deseo de conocer las leyes de su estructura, la historia de su surgimiento y su ulterior destino. Interesábale ante todo la cuestión que apasionaba a todos los habitantes de la Tierra: la vida en los innumerables sistemas planetarios de aquellas islas del Universo, las llamas del pensamiento y del saber que allí brillaban, las civilizaciones humanas en aquellos espacios del Cosmos infinitamente lejanos. Tres estrellas, denominadas por los antiguos árabes Sirrhah, Mirrhah y Alrnah-alfa, beta y gamma de Andrómeda — situadas en línea recta ascendente — surgieron en la pantalla. A ambos lados de aquella línea se extendían dos galaxias cercanas: la colosal Nebulosa de Andrómeda y la bella espiral M — 33 en la constelación del Triángulo. Mven Mas no quiso contemplar de nuevo sus conocidos contornos luminosos y cambió el cliché metálico.
Ya estaba allí, en la constelación de los Lebreles, otra galaxia conocida desde la remota antigüedad y denominada entonces NGK5194 o M — 51. Situada a millones de parsecs, era una de las pocas que se veían desde nuestro globo «de plano», perpendicular al de la «rueda». Era un núcleo denso y refulgente, de millones de estrellas, con dos ramas espirales. Los largos extremos, que partían en sentido opuesto a través de decenas de miles de parsecs, se hacían cada vez más tenues y confusos hasta desaparecer en la noche sideral. Entre las ramas principales, alternando con los negros abismos de las masas de materia opaca, extendíanse cortas cadenas de condensaciones estelares y nubes de gas fosforescente, curvadas como alabes de una turbina.