— ¡Muy bien! — dijo Evda Nal en un susurro, y en aquel momento advirtió a su hija.

La muchacha, sin sospechar nada, miraba pensativa a la ondulada superficie del cristal que impedía ver el exterior.

Veda Kong, curiosa, la comparaba con la madre. Los mismos lisos cabellos, largos y negros, pero en la hija, entrelazados por un cordoncillo azul celeste y recogidos en dos grandes rodetes. Igual óvalo del rostro, que se estrechaba abajo y tenía algo de infantil a causa de la frente, demasiado ancha, y de los salientes pómulos. Una chaquetilla de seda artificial, blanca como la nieve, acentuaba el color cetrino de la piel y la intensa negrura de los ojos, cejas y pestañas. Un collar de coral grana resaltaba la originalidad indiscutible de su fisonomía.

La hija de Evda llevaba, como todos los alumnos de la clase, unos pantalones anchos y cortos que sólo se diferenciaban por unos flecos rojos a lo largo de las costuras laterales.

— Es un adorno hindú — respondió bajito Evda Nal a la sonrisa interrogante de su amiga.

Apenas ambas mujeres hubieron retrocedido al pasillo, la profesora salió de la clase.

En pos de ella salieron impetuosos algunos alumnos, entre ellos, la hija de Evda. La muchacha se paró de pronto al ver a la madre, cuyo orgullo y constante ejemplo quería imitar. Evda ignoraba que en la escuela existía un círculo de admiradores suyos que habían decidido seguir en la vida el mismo camino que la célebre psicóloga.

— ¡Mamá! — susurró la muchacha y, luego de lanzar una mirada tímida a la acompañante, se abrazó a su madre.

La profesora se detuvo y acercóse más.

— Debo informar al Consejo de la escuela — dijo, sin hacer caso del gesto de protesta de Evda Nal —. Sacaremos algún provecho de su visita.