— Mejor será que saquen ustedes provecho de ésta… — bromeó Evda, presentando a Veda Kong.
La profesora de historia se arreboló, rejuveneciéndose al instante.
— ¡Magnífico! — exclamó, procurando conservar el tono ejecutivo —. Pronto se celebrará la fiesta de la nueva promoción. De su marcha a la vida. Los consejos de Evda Nal y una breve conferencia de Veda Kong sobre las civilizaciones y razas antiguas serán un gran regalo para nuestros jóvenes. ¿Verdad que sí, Rea?
La hija de Evda palmoteo de contento. La profesora se fue, a leve paso gimnástico, a las oficinas, que se encontraban en un cuerpo del edificio, largo y recto.
— Rea, ¿quieres dejar hoy la lección laboral y dar conmigo un paseo por el jardín? — propuso Evda a su hija —. Ya no tendré tiempo de volverte a ver antes de la elección de tus «trabajos de Hércules». Y la última vez no decidimos nada en concreto…
Rea, sin decir palabra, tomó a su madre del brazo. Los estudios, en cada ciclo de la escuela, se alternaban siempre con lecciones de trabajo manual. Aquel día tocaba una de las lecciones preferidas de la muchacha: el pulido de cristales ópticos, pero ¿podía haber algo más interesante y de mayor importancia que la llegada de su madre?
Veda Kong se dirigió hacia el pequeño observatorio astronómico, que se divisaba a lo lejos, dejando solas a la madre y a la hija. Rea, apretándose cariñosa contra el robusto brazo de su madre, caminaba pensativa.
— ¿Dónde está tu pequeño Kai? — preguntó Evda, y la muchacha se puso triste.
Kai era su alumno. Los mayores frecuentaban las escuelas cercanas del primero o del segundo ciclo y cuidaban de los pequeños que habían elegido para ejercer sobre ellos su tutela. El sistema de educación completa exigía que se prestase a los maestros una ayuda también integral.
— Kai ha pasado al segundo ciclo y se ha marchado lejos. Me da tanta pena… ¿Por qué se nos traslada de un sitio a otro cada cuatro años, de ciclo en ciclo?