— ¿Tú no sabes que la psique se cansa y embota a causa de las impresiones monótonas?

— Sí, pero lo que yo no comprendo es por qué al primero de los cuatro ciclos de tres años se le denomina ciclo cero, pues en él también se realiza un importantísimo proceso de educación e instrucción de los niños de uno a cuatro años…

— Es una denominación vieja y desacertada. Sin embargo, nosotros procuramos no cambiar, salvo caso de necesidad extrema, los términos establecidos. Estos cambios siempre dan lugar a gastos innecesarios de energía humana. Y evitarlo es un deber de todos, sin excepción alguna.

— Bueno, pero la división en ciclos, en cada uno de los cuales se estudia y se vive aparte de los demás, con los continuos desplazamientos, es también un gran gasto de energías. ¿Verdad?

— Ese gasto se compensa con creces con la aguzación de las percepciones y del beneficioso efecto de la instrucción, que, de lo contrario, decaería irremisiblemente.

Vosotros, los pequeños, a medida que crecéis y recibís educación, os vais convirtiendo en seres de cualidades diferentes. La vida conjunta de grupos de distinta edad impide la debida enseñanza e irrita a los propios escolares. Nosotros hemos reducido la diferencia al mínimo, separando a los niños en cuatro ciclos, según su edad, y a pesar de ello, eso no es aún lo más perfecto… Pero hablemos primero de tus proyectos y tus cosas. Yo tendré que daros a todos una conferencia, y tal vez en ella disipe tus dudas.

Y Rea empezó a confiar a la madre los secretos de su alma con la franqueza propia de los niños de la Era del Circuito, que no habían experimentado nunca el agravio de la burla o de la incomprensión. La muchacha era la viva imagen de una juventud que no sabía aún nada de la vida, pero que estaba ya pletórica de soñadoras esperanzas. Al cumplir los diecisiete años, la joven terminaba sus estudios en la escuela e iniciaba el trienio de los «trabajos de Hércules», que realizaría entre los mayores. Después de éstos, se determinarían definitivamente sus aficiones y aptitudes. A continuación, debía cursar dos años de enseñanza superior que daban derecho a trabajar independientemente en la profesión elegida. En el transcurso de su larga vida, el hombre y la mujer adquirían cinco o seis especialidades de instrucción superior, cambiando el género de trabajo periódicamente, pero de la elección de las primeras y difíciles actividades — «los trabajos de Hércules» — dependía mucho. Por ello eran elegidos después de una cuidadosa meditación y, obligatoriamente, con la ayuda de un consejero mayor en edad.

— ¿Habéis pasado ya las pruebas psicológicas de fin de estudios? — preguntó Evda, fruncidas las cejas.

— Sí. Yo he tenido de 20 a 24 en los primeros ocho grupos; 18 y 19 en el décimo y en el trece, ¡e incluso 17 en el grupo decimoséptimo! — contestó con orgullo Rea.

— ¡Excelentes notas! — exclamó gozosa Evda —. Tienes abiertos todos los caminos.