— Me mira usted como se debía contemplar antaño a la imagen de Dios. ¡Eso no es propio de la más inteligente de mis discípulas!

— En realidad, le veo de un modo nuevo. Es la primera vez que la vida de un ser para mí muy querido se encuentra en manos de un cirujano, y comprendo bien las emociones de quienes, por azares del destino, han tenido que presenciar su arte… ¡El saber se conjuga con una maestría incomparable!

— Bueno, admírese cuanto quiera. Entre tanto, yo tendré tiempo de hacerle a su físico no sólo una segunda operación sino una tercera…

— ¿Una tercera? — se alarmó Evda Nal. Af Nut, entornando con picardía los ojos, señaló al sendero que se remontaba desde el Observatorio.

Por aquel sendero, gacha la cabeza, renqueando, venía Mven Mas.

— Ahí tiene usted otro adorador de mi arte… adorador a la fuerza. Hable con él si no puede usted descansar, pero a mí me es muy necesario hacerlo…

El cirujano desapareció tras un repliegue de la colina, donde se encontraba la vivienda provisional de los médicos llegados en la planetonave. Desde lejos, Evda Nal observó ya cuánto había adelgazado y envejecido el director de las estaciones exteriores… El africano, desde luego, no dirigiría nada más. Evda Nal le refirió todo lo que le había dicho Af Nut acerca del herido, y Mven Mas respiró aliviado.

— Entonces, ¡me iré dentro de diez días!

— ¿Procede usted bien, Mven? Yo estoy demasiado anonadada aún para meditar sobre lo ocurrido, pero me parece que su culpa no merece un castigo tan severo.

Mven Mas contrajo el rostro, con gesto de dolor.