— Yo he meditado sobre una nueva y gran contradicción de nuestra vida — dijo el africano, lentamente —. Una poderosa medicina biológica, que llena el organismo de nuevas energías, y una actividad creadora, cada vez mayor, del cerebro, que consume con rapidez al ser humano. ¡Cuan complejo es todo en las leyes de nuestro mundo!

— Cierto, y por ello frenamos de momento el desarrollo del tercer sistema de señales del hombre — asintió Evda —. La lectura de los pensamientos facilita mucho las relaciones mutuas entre los individuos, pero requiere un gran gasto de energías y debilita los centros de inhibición. Y esto último es lo más peligroso…

— Sin embargo, debido a la fuerte tensión nerviosa, la mayoría de la gente, los verdaderos trabajadores, vive sólo la mitad de los años que podría vivir. A mi entender, la medicina es incapaz de luchar contra esto; sólo queda prohibir el trabajo. Pero ¿quién se avendría a dejar el trabajo para vivir unos años más?

— Nadie, porque el miedo a la muerte hace aferrarse a la vida únicamente cuando ésta ha transcurrido en una estéril y nostálgica espera de alegrías no experimentadas — dijo soñadora Evda Nal, pensando sin querer que en la isla del Olvido tal vez la gente viviera más tiempo.

Mven Mas, que había vuelto a adivinar sus pensamientos, le propuso, severo, ir al Observatorio a descansar. Y ella accedió sumisa.

…Dos meses más tarde, Evda Nal encontró a Chara Nandi en la sala superior del Palacio de la Información, semejante, por sus altas columnas, a una iglesia gótica. Los inclinados rayos de sol que caían de arriba se entrecruzaban, a media altura de la sala, en bella claridad, bajo la que reinaba una dulce penumbra.

La muchacha, con las manos a la espalda, cruzados los pies, se apoyaba en una columna. Y Evda Nal, como siempre, no pudo menos de apreciar debidamente su sencillo vestido corto, gris, con adornos azules, y muy escotado.

Al acercarse Evda, Chara miró por encima del hombro, y sus tristes ojos se animaron al verla.

— ¿Qué hace usted aquí, Chara? Yo creía que se estaba preparando para maravillarnos con una nueva danza, y resulta que le atrae la geografía.

— Los tiempos de las danzas han pasado — repuso seria —. Ahora estoy eligiendo trabajo en la esfera que me es conocida. Hay una plaza vacante en una fábrica de cueros artificiales, situada en los mares interiores de las Célebes, y otra en un centro de cultivo de plantas vivaces, en el lugar donde antes se encontraba el desierto de Atacama. El trabajo en el Atlántico me gustaba. ¡Cuánto fulgor y luminosidad, qué gozo produce la fuerza del océano, la comunión instintiva con él, el juego diestro y la competición hábil con sus poderosas olas, que están siempre allí al lado, y en cuanto se termina el trabajo, a ellas!..