— A mí también, cuando me entrego a la añoranza, me asalta al instante el recuerdo del sanatorio psicológico de Nueva Zelanda donde yo empecé a trabajar de enfermera. Y Ren Boz, después de sus espantosas heridas, declara ahora que nunca fue tan dichoso como en los tiempos en que era mecánico ajustador de girópteros. Pero usted misma comprenderá, Chara, ¡que eso es debilidad! Cansancio, de la enorme tensión que se requiere para mantenerse a esa altura creadora que usted, auténtica artista, ha conseguido alcanzar. Y mayor será ese cansancio cuando su cuerpo haya perdido su magnífica carga de energía vital. Pero mientras no la pierda, concédanos a todos nosotros la alegría de su arte y su belleza.
— Usted no sabe, Evda, lo que yo siento. Cada preparación de una nueva danza es una jubilosa búsqueda. Me doy cuenta de que la gente recibirá una vez más algo preciado que le reportará gozo y hondas emociones… Entonces, vivo sólo para eso. Y cuando llega el instante de realizar mi pensamiento, me entrego toda a una pasión ardiente, desenfrenada… Seguramente, eso se transmite a los espectadores y hace que la danza sea percibida con tanta fuerza. Me doy toda a todos vosotros…
— ¿Y luego? Viene una brusca depresión, ¿verdad?
— ¡Sí! Soy como una canción que vuela y se desvanece en el aire. Yo no creo nada que lleve la huella del pensamiento.
— Lleva algo más: ¡su aporte al alma de las gentes!
— Eso es muy inmaterial y transitorio, ¡yo me refiero a mí misma!
— ¿Todavía no ha amado usted nunca, Chara?
La muchacha bajó los ojos.
— Así parece — preguntó, en vez de contestar.
Evda Nal negó con la cabeza.