— Yo tengo en cuenta el gran amor de que es usted capaz, y no todo el mundo, ni mucho menos…
— Ya comprendo; mi gran pobreza de vida intelectual me da una gran riqueza de emociones.
— En general, el pensamiento es justo, pero yo lo aclararía agregando que usted está tan bien dotada en el aspecto emocional, que el otro aspecto no será nunca pobre, aunque sea más débil por ley natural de las contradicciones. Bueno, estamos divagando sobre cosas abstractas, y yo tengo que hablarle de un asunto urgente, directamente relacionado con nuestra conversación. Mven Mas…
La muchacha se estremeció.
Evda Nal la tomó del brazo y la llevó a un ábside lateral de la sala, cuyo revestimiento de madera oscura armonizaba severo con la policromía, azul y oro, de los cristales de las anchas ventanas en ojiva.
— Chara, querida, usted es una florecilla terrestre amante de la luz y trasplantada a un planeta de una estrella doble. Dos soles, uno azul y el otro rojo, van por el cielo, y la florecilla no sabe hacia cuál volverse. Pero usted es hija del sol rojo, ¿y para qué tender hacia el azul?
Con fuerza y ternura, Evda Nal atrajo a la muchacha hacia su hombro, y ella, inesperadamente, se apretó contra su pecho. La famosa psicóloga acarició con maternal cariño aquellos abundantes cabellos, un poco ásperos, pensando que milenios de educación habían conseguido sustituir las mezquinas alegrías personales por otras grandes, comunes. Mas ¡qué lejos se estaba aún de la victoria sobre la soledad del alma, especialmente de una alma como aquélla, rebosante de sentimientos e impresiones, alimentada por un cuerpo lleno de vida!.. Y dijo en voz alta:
— Mven Mas… ¿Sabe usted lo que le ha ocurrido?
— ¡Claro: ¡Toda la Tierra discute su fracasado experimento!
— ¿Y usted qué opina?