Había que volar durante seis años enteros, consumiendo anamesón únicamente para rectificar el curso. Dicho de otro modo: era preciso conducir la nave guardando con cuidado la aceleración. A todos los inquietaba la región inexplorada 344+2U, entre el Sol y la Tantra, pues no había manera de contornarla: a sus lados, hasta el Sol, se encontraban zonas de meteoritos libres; en los virajes, además, la nave perdía aceleración.

Al cabo de dos meses, la línea de vuelo estaba ya calculada y la Tantra describía una suave curva de igual tensión.

El magnífico navío cósmico se encontraba en perfecto estado, su velocidad se mantenía dentro de los límites previstos. Únicamente el tiempo — cerca de cuatro años dependientes de vuelo — le separaba de la Patria.

Erg Noor y Niza, cansados después de la guardia, se sumieron en largo sueño.

También quedaron en profundo letargo dos astrónomos, el geólogo, el biólogo, el médico y cuatro ingenieros.

Fueron relevados por el equipo siguiente: Peí Lin, experto astronauta que hacía su segundo viaje a los espacios siderales, la astrónomo Ingrid Ditra y el ingeniero electrónico Key Ber, que se había agregado voluntariamente a ellos. Ingrid, con autorización de Peí Lin, iba con frecuencia a la biblioteca contigua al puesto de comando. En unión de Key Ber, viejo amigo suyo, la astrónomo estaba componiendo una sinfonía monumental, La muerte de un planeta, inspirada en la tragedia de Zirda. Peí Lin, hastiado de la musiquilla de los aparatos y de la contemplación de los negros abismos cósmicos, dejó a Ingrid ante el cuadro de comando y se puso a descifrar afanoso unas enigmáticas inscripciones halladas en un planeta — abandonado misteriosamente por sus habitantes —, de las estrellas próximas del Centauro. Creía en el éxito de su ilusoria empresa…

Luego, dos relevos más se sucedieron. Durante ese tiempo la nave se había aproximado a la Tierra en cerca de diez billones de kilómetros y los motores de anamesón no habían sido conectados más que unas horas.

Tocaba ya a su fin la guardia del equipo de Peí Lin, la cuarta desde que la Tantra saliera del lugar del frustrado encuentro con el Algrab.

Terminados sus cálculos, la astrónomo Ingrid Ditra volvióse hacia Peí Lin, que observaba melancólico el palpitar incesante de las rojas agujas en las azules esferas graduadas de los aparatos que medían la intensidad de la gravitación. El retardo habitual en las reacciones psíquicas, al que estaban sujetas hasta las personas más fuertes, se dejaba sentir en la segunda mitad de la guardia. Durante meses y años, la astronave, gobernada automáticamente, seguía el curso señalado de antemano. Si ocurría de pronto algún suceso extraordinario, superior a las fuerzas del dirigente automático, la catástrofe era casi inevitable, pese a la intervención de los hombres. El cerebro humano, por muy bien entrenado que estuviese, no podía reaccionar con la celeridad requerida.

— Me parece que nos hemos adentrado hace tiempo en la región inexplorada 344+2U.