El jefe quería estar aquí de guardia él mismo — dijo Ingrid al astronauta. Peí Lin miró al contador de los días. — De todos modos, dentro de dos días nos relevarán. Por el momento, no se prevé nada de particular. ¿Qué, esperamos hasta que termine nuestra guardia?

Ingrid asintió con la cabeza. Key Ber vino de los compartimentos de popa y ocupó su habitual sillón cerca de los mecanismos de equilibrio. Peí Lin bostezó y levantóse.

— Voy a dormir unas horitas — comunicó a Ingrid.

Ella, dócilmente, dejó su mesa y avanzó hacia el cuadro de comando.

La Tantra, sin oscilación alguna, volaba en el vacío absoluto. Ningún meteorito, ni siquiera lejano, era advertido por los supersensibles detectores de Voll Hod. La ruta de la astronave se apartaba un poco de la dirección del Sol: en año y medio de vuelo aproximadamente. Las pantallas delanteras mostraban una negrura desértica, pasmosa; diríase que el navío se dirigía al mismo corazón de las tinieblas. Tan sólo los telescopios laterales continuaban clavando en las pantallas las agujas de luz de las innumerables estrellas.

Una extraña sensación de inquietud sacudió los nervios de la astrónomo. Volvió junto a sus máquinas y telescopios, comprobó una vez y otra sus indicaciones y levantó la carta de la región desconocida. Todo estaba en calma, y sin embargo, Ingrid no podía apartar los ojos de las siniestras sombras que se extendían ante la proa de la nave. Key Ber, que había reparado en la intranquilidad de la astrónomo, llevaba largo rato observando y prestando oído a sus aparatos.

— No encuentro nada raro — dijo al fin —. ¿Qué has creído advertir?

— Yo misma no lo sé; me alarma esa oscuridad extraordinaria. Y me parece que nuestra nave va derecha hacia una nebulosa opaca.

— Sí, ahí debe de haber una nube oscura — confirmó Key Ber —. Pero no te preocupes, no haremos más que «rozar» su borde. ¡Así está calculado! La intensidad del campo de atracción aumenta poco a poco, regularmente. Cuando atravesemos esta zona, nos aproximaremos sin duda a algún centro gravitatorio. ¿Y qué más da que sea oscuro o luminoso?

— Tienes razón — repuso Ingrid, más tranquila.