— Entonces, ¿por qué te inquietas? Seguimos el curso señalado, e incluso más de prisa de lo previsto. Si no hay ningún cambio, llegaremos a Tritón, pese a nuestra escasez de combustible.

La sola idea de arribar a Tritón, el satélite de Neptuno, colmaba a Ingrid de alegría. Allí se hallaba la deseada estación astronáutica, construida en la periferia del sistema solar. Y alcanzar a Tritón era tanto como volver a casa…

— Yo esperaba que nos dedicaríamos a nuestra sinfonía, pero Lin se ha ido a descansar. Él dormirá seis o siete horas, y entre tanto yo pensaré la orquestación para el final de la segunda parte. ¿Sabes? el pasaje donde no conseguimos nunca transmitir integralmente el advenimiento de peligro. Este… — Y Key tarareó unas notas.

— Di-í, di-í, da-ra-rá — resonó inesperadamente, como un eco devuelto por las paredes del puesto de comando.

Ingrid se estremeció y miró asombrada en derredor, pero al momento comprendió… La intensidad del campo de atracción había aumentado, y los instrumentos respondieron con un cambio de melodía del aparato de gravitación artificial.

— ¡Graciosa coincidencia! — exclamó ella, riendo con cierto aire de culpa.

— Se ha producido un aumento de la gravitación, cosa normal al aparecer una nube oscura. Ahora, puedes estar completamente tranquila, y deja dormir a Lin.

Dichas estas palabras, Key Ber salió del puesto de comando. Ya en la biblioteca, profusamente iluminada, se sentó ante un pequeño piano-violín electrónico y abismóse por entero en el trabajo. Habrían pasado unas horas cuando se abrió bruscamente la hermética puerta de la biblioteca y apareció Ingrid.

— Key, querido, despierta a Lin.

— ¿Qué ocurre?