En tanto observaba las montañas azules que se alzaban en la lejanía, a Mven Mas le acometió de pronto una amarga duda: ¿no pertenecería él a la categoría de los «toros», gentes que siempre habían causado a la humanidad serias complicaciones? El hombre perteneciente a esa categoría era fuerte y enérgico, pero cruel, sin compasión alguna ante los sufrimientos y penas ajenos, y sólo pensaba en la satisfacción de sus necesidades. En los tiempos remotos de la humanidad, los padecimientos, discordias y calamidades se habían agravado por culpa de aquellos individuos, que se proclamaban, bajo distintos títulos, conocedores exclusivos de la verdad y se consideraban con derecho a aplastar toda discrepancia con sus ideas y a extirpar toda forma de pensamiento o vida diferente de la suya. Desde entonces, la humanidad empezó a evitar la más leve manifestación de absolutismo en las opiniones, deseos y gustos y a temer especialmente a los «toros», que, sin tener en cuenta las inquebrantables leyes de la economía ni preocuparse del futuro, vivían solamente al día. Las guerras y la economía desorganizada de la Era del Mundo Desunido dieron lugar al saqueo del planeta. Se talaban los bosques, quemaban las reservas de hulla y petróleo acumuladas durante centenares de millones de años, se contaminaba el aire con el ácido carbónico y los fétidos desechos arrojados por las fábricas, se exterminaban hermosos animales inofensivos, como las jirafas, las cebras y los elefantes, hasta que el mundo logró llegar a la organización de la sociedad. La Tierra estaba emporcada; los ríos y los mares, sucios de petróleo y de residuos químicos.
Y solamente después de una depuración radical del agua, el aire y la tierra, consiguió la humanidad dar al planeta el aspecto que tenía, dejándolo tan desbrozado y limpio, que se podía caminar descalzo, por todas partes, sin temor a lastimarse los pies.
En cambio él, Mven Mas, que había estado en un cargo de responsabilidad menos de dos años, había ya destruido un satélite artificial, creado con el esfuerzo conjunto de miles de personas y sorprendentes artificios de ingeniería, causando la muerte de cuatro científicos capaces, cada uno de los cuales habría podido llegar a ser un Ren Boz… Hasta el propio Ren Boz había sido salvado a duras penas. Y de nuevo, la imagen de Bet Lon, que se ocultaba allí, en algún lugar de las montañas o los valles, surgió ante él, viva, suscitándole una intensa compasión. Poco antes de partir, Mven Mas había visto unos retratos del matemático, y en su memoria habíanse grabado para siempre el rostro de enérgicas facciones, gran mentón, estrecho entrecejo y ojos penetrantes y hundidos, toda su figura atlética y corpulenta.
El mecánico del out-board acercóse al africano.
— Hay mucha marejada. No podremos atracar, las olas saltan por encima del muelle.
Habrá que ir al puerto Sur.
— No vale la pena. ¿Tienen ustedes balsillas salvavidas? Pondré en una la ropa y ganaré a nado la costa.
El mecánico y el timonel le miraron con respeto. Las turbias olas abatíanse una tras otra sobre un banco de arena, fundiéndose en fragorosa cascada. Más cerca de la orilla, se adentraban profundamente, en confuso tropel, en la playa de suave declive, espumeantes, removiendo la arena. Unos nubarrones bajos esparcían una lluvia menuda, tibia, oblicua del viento, que se mezclaba con la agitada espuma. A través de aquella red brumosa, se columbraban unas siluetas grises.
Los dos marinos cambiaron una mirada, mientras Mven Mas se desnudaba y plegaba su ropa. Los que partían para la isla del Olvido quedaban sin la tutela de una sociedad en la que cada uno protegía y ayudaba a los demás. La personalidad de Mven Mas infundía involuntario respeto, y el timonel decidió advertirle del gran peligro. El africano se encogió de hombros despreocupado. El mecánico le trajo un paquete pequeño, herméticamente cerrado.
— Tome, aquí tiene alimentos concentrados, para un mes.