Mven Mas reflexionó un instante y metió el paquete, junto con la ropa, en la cámara impermeable, cerró cuidadosamente la válvula y, con la pequeña balsa bajo el brazo, saltó la barandilla.
— ¡Vire! — ordenó.
El out-board se inclinó de costado, en redondo viraje, y Mven Mas, lanzado de la embarcación, entabló una furiosa lucha con el mar. Desde el out-board se le veía elevarse sobre las crestas de las encrespadas olas para hundirse al instante en sus abismos y resurgir de nuevo.
— Llegará — aseguró el mecánico con un suspiro de alivio —. El mar nos arrastra, hay que marcharse.
Zumbó sonora la hélice, y la embarcación, dando un salto, avanzó alzada por una ola que venía a su encuentro. La negra figura de Mven Mas apareció en la orilla, en toda su talla, y esfumóse en la neblina de la lluvia.
Por la arena, apisonada por el temporal, venía un grupo de hombres sin más ropas que unos taparrabos. Traían, con aire triunfante, un gran pescado, que se debatía aún. Al ver a Mven Mas, se detuvieron para saludarle amistosos.
— Uno nuevo, venido del otro mundo — comentó sonriente uno de los pescadores —. ¡Y qué bien nada! ¡Vente a vivir con nosotros!
Mven Mas, que los miraba franco y afectuoso, negó con la cabeza.
— Me sería penoso vivir aquí, a orillas del mar, otear su infinita lejanía, añorando mi hermoso mundo perdido.
Otro pescador — de espesa y canosa barba, que debía considerarse allí ornato masculino — puso su mano sobre el mojado hombro del forastero.