— ¿Es que le han mandado aquí a la fuerza?
Mven Mas, con sonrisa de amargura, trató de explicar las causas de su llegada.
El barbudo le dirigió una mirada compasiva y triste.
— Tú y yo no nos entenderemos. Ve allí — el hombre señaló hacia el Sudeste, donde, en un desgarrón de las nubes, se perfilaban los escalones azules de unas lejanas montañas —. El camino es largo, pero aquí no hay más medio de locomoción que ésta…
— y se dio unas palmadas en la musculosa pierna.
Ansioso de alejarse, Mven Mas echó a andar a grandes pasos, sin esfuerzo, por el serpenteante sendero que ascendía hacia unas colinas de suave pendiente.
Aunque hasta el centro de la isla había doscientos kilómetros y pico de camino, Mven Mas no se apresuraba. ¿Para qué? Lentamente se deslizaban los días, largos, vacíos, sin ninguna actividad provechosa. Al principio, hasta que no se repuso por completo del accidente, su cansado cuerpo demandaba reposo, la caricia de la naturaleza. Si no hubiera tenido conciencia de la terrible pérdida, se habría deleitado con el silencio de las desiertas mesetas, oreadas por los vientos, con las sombras y la calma primitiva de las calurosas noches tropicales.
Pero pasaron los días, y el africano, que vagaba por la isla en busca de una ocupación de su agrado, empezó a sentir agudamente la nostalgia del Gran Mundo. No le alegraban ya los apacibles valles, donde la mano del hombre cultivaba vergeles de árboles frutales, ni le arrullaba el rumoreo de los cristalinos ríos montañeros, a cuyas orillas podía pasar incontables horas en los bochornosos mediodías o en las noches de luna.
Incontables horas… Y en realidad, ¿para qué contar lo que él allí no necesitaba en absoluto? Había cuanto tiempo se quisiera, océanos enteros, y sin embargo, ¡cuan mísera era su parte individual!.. Un breve instante, ¡olvidado al momento!
Únicamente ahora percibía Mven Mas toda la exactitud del nombre de la isla. La isla del Olvido, ¡oscuro anónimo de la vida antigua, de los hechos y sentimientos egoístas del hombre! Hechos olvidados por sus descendientes porque habían sido realizados sólo para satisfacer necesidades personales, sin hacer mejor y más fácil la vida de la sociedad ni ornarla con las audaces obras de un arte creador.