Sorprendentes proezas habían caído en la nada anónima.
El africano había sido admitido en una comunidad de ganaderos del centro de la isla, y desde hacía dos meses apacentaba un rebaño de gaúros-búfalos gigantes, al pie de una colosal montaña que llevaba un nombre interminable, en la lengua de los remotos aborígenes.
Guisaba largamente al fuego, en un puchero ahumado, unas gachas negras, y un mes atrás había tenido que ir al bosque a la busca de bayas, nueces y avellanas, rivalizando con los glotones monos que le arrojaban los restos de esos alimentos. Aquello ocurrió porque les había dado las provisiones que trajera del out-board a dos viejos, en un apartado valle, siguiendo las normas del mundo del Circuito, donde la mayor felicidad consistía en proporcionar satisfacciones a los demás. Y entonces comprendió lo que era buscar el sustento en lugares desiertos, inhabitados. ¡Qué absurda pérdida de tiempo!..
Mven Mas se levantó de la piedra en que estaba sentado y miró en derredor. A la izquierda, el sol se ocultaba en el límite de la meseta; detrás, se alzaba la redonda cima, en forma de cúpula, de una montaña coronada de bosque.
Abajo, en la penumbra, brillaba un impetuoso arroyuelo entre enormes y empenachados bambúes. Allá lejos, a una media jornada de camino, se encontraban las milenarias ruinas, cubiertas de maleza, de la antigua capital de la isla. Había también otras ciudades abandonadas, mayores y mejor conservadas que aquélla. Mas, por el momento, no le interesaban.
Las bestias, acostadas sobre la hierba ensombrecida, eran como negros montículos.
La noche venía rauda. Encendíanse temblantes millares de estrellas en el cielo oscurecido. Se extendían las sombras, familiares para el astrónomo, y los trazos, bien conocidos, de las constelaciones; brillaban los grandes astros con vivo fulgor. Allí estaba también el fatídico Tucán… ¡Pero los sencillos ojos humanos eran tan débiles! Jamás volvería él a ver los grandiosos espectáculos del Cosmos, las espirales de las gigantescas galaxias, los enigmáticos planetas ni los soles azules. Todo aquello eran solamente para él lucecillas, infinitamente lejanas. ¿Qué más daba que fuesen estrellas o lámparas fijadas a una bóveda de cristal, como creían los antiguos? ¡A su mirada le era igual!
El africano, bruscamente, empezó a amontonar la ramiza recogida. Ya tenía en la mano otro objeto que se había hecho indispensable: un pequeño encendedor. Tal vez, siguiendo el ejemplo de ciertos habitantes del lugar, empezara pronto a aspirar el humo de algún narcótico para matar un tiempo agobiador, pegajoso.
Las lengüecillas de fuego comenzaron a danzar, ahuyentando las sombras y apagando las estrellas. Cerca, resollaban pacíficos los búfalos. Mven Mas, pensativo, fijó sus ojos en el fuego.
¿Se habría convertido el luminoso planeta en una celda oscura para él?