No; su orgullosa renunciación del mundo no era más que la vanidad de la ignorancia.
Ignorancia de sí mismo, menosprecio de la vida elevada, plena de creación, que llevaba hasta ahora, desconocimiento de la fuerza de su amor a Chara. ¡Más valía entregar la vida en una hora, dedicada a una excelsa obra del Gran Mundo, que vivir allí un siglo entero!
Había en la isla del Olvido cerca de doscientas estaciones sanitarias, cuyo personal, médicos voluntarios del Gran Mundo, ponía a disposición de los habitantes todos los poderosos medios de la medicina moderna. Jóvenes de aquel mismo mundo trabajaban también en los destacamentos de sanidad, para que la isla no se convirtiese en vivero de antiguas enfermedades o de animales dañinos. Mven Mas rehuía el encuentro con aquellas personas para no sentirse un proscrito del mundo del saber y la belleza.
Al amanecer, Mven Mas fue relevado por otro pastor. Y el africano, que quedaba libre por dos días, decidió ir a la ciudad cercana para recibir una capa, pues las noches eran ya frescas en las montañas.
Hacía un calor bochornoso y reinaba la calma, cuando Mven Mas descendía de la meseta a una ancha planicie, semejante a un compacto mar de flores, liláceas y amarillas como el oro, sobre el que volaban policromos insectos. Las ráfagas del leve viento balanceaban las plantas, y las corolas rozaban suavemente las rodillas del africano. Al llegar al centro del inmenso campo, se detuvo cautivado por la radiante belleza natural de aquel jardín silvestre y aromoso. Luego de inclinarse pensativo, acarició unos pétalos, trémulos del viento, sintiéndose como en un bello sueño de la infancia.
Un suave golpeteo rítmico, apenas perceptible, alteró la calma. Mven Mas alzó la cabeza y vio a una muchacha que, hundida en las flores hasta la cintura, caminaba de prisa. La muchacha se apartó de la senda y el africano contempló con satisfacción su armoniosa figura emergiendo de aquel mar florido. Una aguda pena le punzó el corazón:
ella habría podido ser Chara si… si las cosas hubieran tomado otro giro. Su espíritu observador, de hombre de ciencia, le advirtió que la muchacha estaba inquieta. Con frecuencia, volvía la cabeza y apretaba el paso, como si la persiguieran. Mven Mas cambió de dirección y acercóse rápidamente a la muchacha, alzándose ante ella en toda su enorme talla.
La desconocida se detuvo. Un polícromo pañuelo, anudado en cruz, ceñía su torso, el borde de su falda roja estaba humedecido por el rocío. Las finas pulseras tintinearon más fuerte cuando alzó los desnudos brazos para apartarse de la cara los negros cabellos cortos, revueltos por el viento. Sus ojos, tristes, miraban concentrados entre los ricillos que se esparcían rebeldes por la frente y las mejillas. Estaba jadeante, sin duda de la larga carrera. Unas gotas de sudor perlaban espaciadas su cara, morena y bonita. La muchacha dio unos pasos vacilantes, avanzando hacia él.
— ¿Quién es usted? ¿Adonde va tan de prisa? — le preguntó Mven Mas —. ¿Necesita usted ayuda?
Ella le miró escudriñadora y dijo con voz entrecortada: — Soy Onar, de la quinta barriada. ¡No necesito ninguna ayuda!