— Pues no lo parece. Está usted cansada, algo la atormenta. ¿Qué es lo que la amenaza? ¿Por qué rehúsa mi ayuda?

La desconocida volvió a alzar los ojos, que brillaban profundos, límpidos, como los de las mujeres del Gran Mundo.

— Yo sé quién es usted… Un gran hombre, venido de allá — y señaló en dirección a África —. Una persona buena y confiada.

— Sea usted lo mismo. ¿La persigue alguien?

— ¡Sí! — contestó impetuosa, con acento de desesperación —. Él me acosa…

— ¿Y quién es el que se atreve a asustarla, a perseguirla?

La muchacha enrojeció y bajó la mirada.

— Un hombre que… quiere que yo sea su…

— Pero el corresponderle o no es de su libre elección. ¿Acaso se puede imponer el amor? Como le vea por aquí, ya le diré yo…

— ¡No, no! Él también ha venido del Gran Mundo, pero hace tiempo, y es también fuerte… Aunque no tanto como usted… ¡Es espantoso!