Mven Mas rió despreocupado y alegre.

— ¿Adonde va usted?

— A la quinta barriada. Iba a la ciudad, y le encontré…

El africano ladeó la cabeza, indicándole que siguiera el camino y tomó de la mano a la muchacha. Ella, sumisa, no hizo resistencia, y ambos echaron a andar por el sendero lateral que conducía a la barriada.

La muchacha, de vez en cuando, volvía inquieta la cabeza y aseguraba que el hombre aquel la acechaba por todas partes.

Su temor de hablar con entera franqueza indignaba a Mven Mas. Él no podía tolerar la opresión, ¡por muy casuales que fueran los casos de ella en la Tierra organizada!

— ¿Por qué sus convecinos no hacen nada y no dan cuenta al Control del Honor y del Derecho? ¿Es que no enseñan historia en sus escuelas y no saben ustedes a lo que pueden conducir los más pequeños focos de violencia?

— La enseñan… y lo sabemos — repuso Onar, mirando hacia adelante.

La florida llanura terminaba, y el sendero, describiendo una curva cerrada, ocultábase tras los matorrales. De la curva surgió un hombre alto y sombrío, interceptando el camino.

Estaba desnudo hasta la cintura, y sus músculos de atleta se tensaban bajo el vello canoso que le cubría el pecho. La muchacha, convulsa, retiró su mano, murmurando quedo: — ¡Váyase, hombre del Gran Mundo, temo por usted!..