— ¡Deteneos! — rugió una imperiosa voz.

Nadie hablaba con tanta rudeza en la época del Circuito.! Mven Mas, instintivamente, protegió con su cuerpo a la muchacha.

El hombre alto se acercó y trató de apartarle, pero el africano permanecía firme como una roca.

Entonces, el desconocido, con la celeridad del rayo, le asestó un puñetazo en la cara.

Mven Mas se tambaleó. Jamás había recibido golpes premeditadamente crueles, asestados para ocasionar un terrible dolor a un ser humano, para aturdirle y agraviarle, ni presenciado nada semejante.

Mven Mas, aturdido, oyó confusamente el grito angustiado de Onar y arremetió contra su adversario, pero fue derribado por otros dos terribles puñetazos. Onar se hincó de rodillas, cubriéndole con su cuerpo, pero el enemigo, lanzando un alarido de triunfo, agarró a la muchacha. Retorciéndole los brazos, le sujetó las manos atrás; ella, roja de ira, encorvóse gimiendo de dolor.

Pero Mven Mas ya se había repuesto. En sus años mozos, durante los «trabajos de Hércules», había tenido encuentros más serios con enemigos no sujetos a la ley humana.

Recordó cuanto le enseñaran para la lucha cuerpo a cuerpo con animales peligrosos.

Se levantó despacio y dirigió una mirada al rostro de su atacante, demudado por la rabia, eligiendo el punto apropiado para un golpe demoledor, pero de pronto, irguióse y retrocedió. Había reconocido aquel rostro que venía obsesionándole tan largo tiempo en sus torturantes pensamientos sobre la razón de la experiencia del Tíbet.

— ¡Bet Lon!