Éste soltó a la muchacha y quedó inmóvil, clavados los ojos en aquel hombre de oscura piel a quien no conocía y que había perdido de pronto toda su bondad natural.
— ¡Bet Lon, mucho pensaba en una entrevista con usted, considerándole un compañero de infortunio — exclamó Mven Mas —, pero nunca imaginaba que nos veríamos en estas circunstancias!
— ¿En qué circunstancias? — preguntó cínico Bet Lon, ocultando el rencor que brillaba en sus ojos.
El africano le rechazó con un ademán.
— ¿Para qué sirven las palabras vanas? En aquel mundo usted no las pronunciaba, y sus actos, aunque criminales, eran una gran obra. Pero aquí, ¿en nombre de qué procede así?
— ¡En nombre de mí mismo, y nada más que de mí mismo! — replicó con desprecio Bet Lon, mordiendo las palabras —. ¡Bastante tiempo he tenido en cuenta a los demás, el bien común! El hombre no necesita nada de eso, me he convencido de ello. Eso ya lo sabían también algunos sabios de la antigüedad…
— Usted no ha pensado nunca en los demás, Bet Lon — le interrumpió el africano —.
Cediendo a todas sus pasiones, ¿en qué se ha convertido usted? En un opresor, ¡en casi una bestia!
El matemático hizo un movimiento para arrojarse de nuevo sobre Mven Mas, pero se contuvo.
— ¡Basta! ¡Habla usted demasiado!