— Y yo creo que usted ha perdido demasiado, por eso quiero…

— ¡Pues yo no quiero! ¡Apártese de mi camino!

Mven Mas no se inmutó. Inclinada la cabeza, permanecía firme y amenazador ante Bet Lon, sintiendo el roce del trémulo hombro de la muchacha. Y aquel temblor le infundía mucho más coraje que los golpes recibidos.

El matemático, inmóvil, observaba los ojos del africano, centelleantes de rabia.

— Váyase — dijo, con fuerte jadeo, dejándole paso.

Mven Mas volvió a tomar de la mano a la muchacha y la condujo por el sendero, entre los matorrales, percibiendo en la nuca la mirada de odio de Bet Lon. Al entrar en la curva, se detuvo tan bruscamente que Onar chocó contra su espalda.

— ¡Bet Lon, volvamos juntos al Gran Mundo!

El matemático rió con igual desenfado, pero el agudo oído del africano captó un dejo de amargura en la insolente bravata: — ¿Y quién es usted para proponerme eso? ¿No sabe que yo?…

— Lo sé. Yo también he hecho un experimento prohibido que ha costado la vida a personas que confiaron en mí. En las investigaciones, yo iba por un camino cercano al de usted… ¡Y usted y yo, y otros, estamos ya en vísperas de la victoria! Las gentes le necesitan, pero no en ese estado…

El matemático dio un paso hacia Mven Mas y bajó los ojos, pero al instante volvióse y profirió despectivo, por encima del hombro, unas groseras palabras de negación. Mven Mas, en silencio, echó a andar por el sendero.