Hasta la quinta barriada quedaban cerca de diez kilómetros.

Al saber que la muchacha no tenía familia, el africano le propuso que se trasladase a la orilla oriental, a uno de los poblados costeros, para no encontrarse más con aquel hombre grosero y cruel. El famoso científico de ayer se convertía en un tirano en la vida dispersa y tranquila de los pueblecillos montañeros. Para prevenir funestas consecuencias, Mven Mas decidió ir inmediatamente a la pequeña ciudad y pedir que se vigilase a aquel sujeto.

Despidióse de Onar a la entrada de la barriada. La muchacha le contó que, recientemente, habían aparecido en la montaña de forma de cúpula unos tigres, escapados del coto o antiguos moradores de las intrincadas selvas que rodeaban el pico más alto de la isla. Estrechándole con fuerza la mano, Onar le pidió que tuviera cuidado y no fuese de noche, por nada del mundo, a través de las montañas. Mven Mas emprendió a paso rápido el regreso. Reflexionando sobre lo ocurrido, recordó la última mirada de la muchacha, llena de inquietud y devoción a él. Y por primera vez pensó en los verdaderos héroes de los tiempos remotos, gente que, sometida a humillaciones, odios y sufrimientos físicos, realizaba la mayor proeza: la de continuar siendo buena, humana, pese a que el medio circundante contribuía al desarrollo de un egoísmo animal.

La dualidad de la vida siempre había puesto de manifiesto ante los hombres sus contradicciones. En el mundo antiguo, entre los peligros y las vejaciones, el amor, la fidelidad y la ternura se hacían más grandes precisamente al borde de la muerte, en un ambiente hostil y rudo. La sumisión a los caprichos de la fuerza bruta hacía todo fugaz e inestable. La suerte de una persona podía variar radicalmente en cualquier momento, frustrando sus planes, esperanzas y pensamientos, porque en la sociedad mal organizada de antaño mucho dependía de gentes casuales. Pero aquella fugacidad de las esperanzas, del amor y de la dicha, lejos de debilitar, reforzaban los sentimientos.

Por eso, lo mejor del ser humano no había perecido, a pesar de los terribles padecimientos de la esclavitud de los Siglos Sombríos o de la Era del Mundo Desunido.

Por primera vez, el africano pensaba que en la vida antigua, que tan dura parecía a todos los contemporáneos, había habido también dichas, esperanzas, creadora labor, y a veces, tal vez más fuertes que ahora, en la orgullosa Era del Circuito.

Mven Mas recordaba casi con enojo a los teóricos de la ciencia de aquellos tiempos que, basándose en la lentitud mal comprendida de la transformación de las especies en la naturaleza, auguraban que la humanidad no sería mejor durante un millón de años.

¡Si hubieran amado más al ser humano y conocido la dialéctica de la evolución, no se les habría pasado jamás por la cabeza semejante absurdo!

Tras el redondo hombro de la gigantesca montaña, el crepúsculo teñía de púrpura su nebuloso manto. Mven Mas se tiró al riachuelo.

Refrescado y tranquilizado por completo, se sentó sobre una piedra plana a secarse y descansar un poco. Como no lograría llegar a la pequeña ciudad antes de la noche, pensaba atravesar la montaña a la salida de la luna. En tanto con templaba pensativo el agua, agitada y rumorosa entre las piedras, inesperadamente sintió que le miraban, pero no vio a nadie. Aquella sensación de unos ojos acechantes le siguió agobiando incluso cuando cruzó el riachuelo y empezó el as censo.