Por una senda surcada de carriles, Mven Mas subió con rapidez a una meseta de mil ochocientos metros de altura y continuó ascendiendo, de escalón en escalón, para remontar un contrafuerte cubierto de bosque y llegar a la ciudad por el camino más corto.

La estrecha hoz de la luna nueva no podía iluminar el camino más que durante una hora y media. Escalar aquella empinada trocha en la noche oscura sería muy difícil. Y Mven Mas tenía prisa. Los árboles, espaciados y bajos, proyectaban largas sombras que se extendían en negras franjas sobre la tierra seca, esclarecida por la luna. En tanto caminaba, mirando atentamente el terreno para no tropezar con las innumerables raíces salientes, el africano continuaba pensando.

Un rugido amenazador se expandió por la tierra, conmoviéndola; resonó lejos, a la derecha, donde la vertiente del contrafuerte se alzaba en suave pendiente para perderse en las profundas tinieblas. Le respondió otro rugido, grave, en el bosque, entre los rodales y franjas de luz lunar. Aquellas terribles voces tenían una fuerza penetrante, que llegaba hasta el fondo del alma despertando sentimientos dormidos hacía mucho: el espanto fatal de la víctima elegida por el invencible carnicero. Y como para contrarrestar aquel milenario terror, empezó a encenderse en el pecho del africano la pasión ancestral de la lucha, herencia de innumerables generaciones de héroes anónimos que defendieran el derecho del género humano a la vida entre los mamuts, los leones, los osos gigantescos, los toros bravos y las implacables manadas de lobos en los días de caza extenuante y en las noches de tenaz defensa. Permaneció parado unos instantes conteniendo la respiración y escudriñando en torno. Nada se movía en la noche serena. Pero apenas hubo dado unos pasos por el vericueto, comprendió que le perseguían. ¿Serían tigres?

¿Y ciertas las noticias que le diera Onar?

Echó a correr, tratando de discernir lo que liaría cuando le acometiesen las fieras, que sin duda eran dos.

Subirse a uno de los bajos árboles, adonde los tigres trepaban con más facilidad que el hombre, era absurdo. ¿Luchar? En derredor sólo había piedras; ni siquiera era posible pertrecharse de un buen palo, pues desgajar una de aquellas ramas, fuertes y duras como el hierro, era empresa irrealizable. Y cuando los rugidos oyéronse potentes tras él, muy cerca, comprendió que estaba perdido. Las compactas ramas tendidas sobre el polvoriento sendero le oprimían, ahogándole. En sus postreros instantes, quiso sacar valor de las eternas profundidades del cielo, cuajado de estrellas, a cuyo estudio había consagrado toda su vida pasada. Corría raudo, a saltos colosales. La fortuna le protegió, llevándole a un gran calvero. En medio de él se alzaba un cúmulo de piedras desprendidas; abalanzóse a ellas, cogió una, de treinta kilos y afiladas aristas, y regresó al bosque. Vio deslizarse unas formas confusas, fantasmales, que avanzaban. Eran listadas, y sus rayas se confundían con los claroscuros del bosque ralo. El borde de la luna tocaba ya las copas de los árboles. Alargadas sombras cruzaban el calvero, y por aquellas negras sendas, dos enormes felinos se arrastraban hacia él. Y como entonces, en el subterráneo del Observatorio del Tíbet, Mven Mas sintió aproximarse la muerte.

Pero, en lugar de surgir de su interior, venía de fuera, ardía ya con verde llama en los fosforescentes ojos de los carniceros. El africano aspiró con ansia una pequeña ráfaga de aire, irrumpida en aquel asfixiante bochorno, miró a la altura, a la radiante gloria del Cosmos, y se irguió levantando el pedrusco sobre su cabeza.

— ¡Y estoy aquí, contigo, camarada!

Desprendiéndose de las sombras de la ladera, una alta silueta se lanzó veloz al calvero, enarbolando amenazadora una torcida rama. Y Mven Mas, estupefacto, olvidó por un instante a los tigres al reconocer al matemático. Bet Lon, jadeante de la desenfrenada carrera, plantóse junto al africano, abierta la boca, aspirando con ansia el aire. Las enormes fieras, que habían reculado bruscas, empezaron a avanzar de nuevo, implacables. El tigre de la izquierda estaba ya a treinta pasos. Encogióse, afianzándose sobre las patas traseras, dispuesto a dar el salto.

— ¡Pronto! — restalló por todo el calvero un sonoro grito.