— ¿La isla ha sido para usted una nueva escuela? — le preguntó, afirmativa y gozosa, Chara.
— Sí. En este breve lapso de tiempo he sentido y reflexionado mucho. Todos estos pensamientos vagaban en mi mente desde hace años…
El africano confió a Chara sus viejos temores de que la humanidad se desarrollaba de un modo demasiado racional, demasiado técnico, repitiendo — en una forma incomparablemente menos monstruosa, claro estaba — los errores de la antigüedad. Le parecía que en la Épsilon del Tucán, la población, muy parecida a la nuestra y tan magnífica como ella, se preocupaba más de perfeccionar el lado emocional de la psique.
— Yo también he sufrido mucho al percibir que no estaba en completa armonía con la vida — repuso la muchacha tras de unos instantes de silencio —. Necesitaba más de lo antiguo y bastante menos de todo lo que me rodeaba. Soñaba con la época de las fuerzas y los sentimientos no derrochados, que se habían ido acumulando, por selección primitiva, desde el Siglo de Eros que floreciera en la antigua cuenca del Mediterráneo. Y siempre he procurado despertar en mis espectadores una verdadera fuerza del sentimiento. Pero tal vez sólo Evda Nal me haya comprendido por entero.
— Y Mven Mas — agregó serio el africano, y le contó cómo se le había aparecido en forma de la hija cobriza del Tucán.
Ella alzó el rostro, y él, a la tímida luz del alba, vio sus ojos, tan grandes y profundos, que sintió un ligero vértigo y se apartó riendo.
— Hubo un tiempo en que nuestros antepasados nos presentaban en sus novelas acerca del futuro como unos seres febles, raquíticos, de cráneo desmesurado. A pesar de los millones de animales torturados y muertos por ellos, tardaron mucho en comprender el mecanismo cerebral humano, porque metían el bisturí donde hacían falta finos instrumentos de medición, sumamente precisos en escala molecular y atómica. Ahora sabemos ya que una gran actividad de la razón requiere un cuerpo robusto, pleno de energía vital, pero ese cuerpo engendra fuertes emociones.
— Y nosotros seguimos viviendo encadenados por la razón — asintió Chara.
— Mucho se ha hecho ya, y sin embargo, en nosotros el lado intelectual se ha adelantado, mientras que el emocional ha quedado a la zaga… De este último lado hay que cuidar para que no requiera las cadenas de la razón y para que, a veces, sea él quien encadene a ella. Esto me parece tan importante, que he decidido escribir un libro sobre el particular.
— ¡Muy bien, desde luego! — exclamó Chara con calor. Turbóse un poco y prosiguió —: