Pocos grandes hombres de ciencia se han consagrado a investigar las leyes de la belleza y de la plenitud de los sentimientos… No me refiero a la psicología.
— ¡La comprendo! — contestó el africano, contemplando involuntariamente a la muchacha, que, en su confusión, había erguido orgullosa la cabeza ofreciendo el rostro a los rayos del sol naciente. La luz del nuevo día volvía a dar a su piel un matiz de cobre rojizo.
Manteniéndose en la silla con naturalidad y sin esfuerzo, Chara montaba un caballo negro, de gran alzada, que acompasaba su paso al del bayo de Mven Mas.
— ¡Nos hemos quedado atrás! — dijo la muchacha aflojando las riendas del caballo, que al instante, avanzó impetuoso.
El africano la alcanzó, y ambos siguieron cabalgando, raudos y juntos, por el viejo camino. Cuando llegaron a la altura de sus jóvenes compañeros, refrenaron los brutos; Chara se volvió hacia Mven Mas.
— ¿Y esa muchacha?… Onar…
— Le convendría estar en el Gran Mundo. Usted misma ha dicho que ella se quedó en la isla casualmente, por cariño a la madre, la cual había llegado aquí y murió hace poco. A Onar le vendría bien trabajar con Veda, en las excavaciones, donde hacen falta las delicadas y sensibles manos femeninas. Aunque también son precisas en miles de otros asuntos. Y el nuevo Bet Lon, que volverá a nuestro seno, ¡la encontrará también renovada!
Chara frunció las cejas y clavó en Mven Mas sus ojos, penetrantes.
— ¿Y usted no abandonará a sus estrellas?
— Cualquiera que sea la decisión del Consejo, continuaré la obra de explorar el Cosmos. Pero antes, tengo que escribir acerca de…