— ¿Las estrellas de las almas humanas?
— ¡Cierto, Chara! Asombra y maravilla su gran diversidad… — y Mven Mas calló al advertir que ella le miraba con tierna sonrisa —. ¿No está usted de acuerdo con esto?
— ¡Claro que sí! Estaba pensando en su experimento. Lo hizo usted llevado por el ardiente deseo de ofrecer a las gentes la plenitud del mundo. En este aspecto usted es también un artista, y no un hombre de ciencia.
— ¿Y Ren Boz?…
— Para él, la experiencia era solamente un paso más en el camino de sus búsquedas.
— ¿Me disculpa usted, Chara?
— Por completo. Y estoy segura de que no soy yo sola, sino multitud de personas, ¡la mayoría!
Mven Mas se pasó las riendas a la mano izquierda y tendió la derecha a Chara. Ambos entraron en la pequeña barriada de la estación sanitaria.
Las olas del Océano Indico batían el acantilado de la costa. Y su fragor recordaba a Mven Mas la rítmica sucesión de notas graves en la sinfonía de Zig Zor dedicada a la vida, que tendía afanosa hacia el Cosmos. Un fa azul, la nota esencial de la naturaleza terrestre, cantaba potente sobre el mar obligando al hombre a responder, con toda su alma, fundiéndose con la Tierra que lo engendrara.
Espejeaba el océano transparente, no ensuciado ya por los desechos, limpio de feroces tiburones, de venenosos peces, de moluscos y peligrosas medusas, como estaba limpia del rencor y los miedos de los pasados siglos la vida del hombre moderno. Pero en la inmensidad del océano había aún escondidos, sin embargo, rincones donde germinaba la semilla, no destruida aún, de la vida perniciosa, y sólo a la vigilancia de los destacamentos sanitarios se debía la seguridad y la limpieza de las aguas oceánicas.