Pero usted, al prevenir a los jóvenes, no ignoraba la posibilidad de tal desenlace. Y sin embargo, efectuó la arriesgada experiencia…
Mven Mas agachó en silencio la cabeza.
Chara, que no apartaba los ojos de él, ahogó un penoso suspiro al sentir en el hombro la mano de Evda Nal.
— Manifieste las causas que le impulsaron a hacerlo — dijo el presidente del Consejo, después de una pausa.
El africano volvió a hablar, esta vez con apasionada emoción. Dijo que, desde su juventud, millones de tumbas de gentes anónimas, vencidas por el tiempo inexorable, le llamaban con mudo reproche. Ardía en incontenibles deseos de dar, por vez primera en toda la historia de la humanidad y de muchos mundos vecinos, un paso hacia la victoria sobre el espacio y el tiempo, de poner el primer jalón en aquel grandioso camino al que se habrían lanzado con igual afán centenares de miles de hombres de preclaras mentes. Él no se consideraba con derecho a demorar la experiencia — tal vez por un siglo — solamente para no poner en peligro a unos cuantos hombres y eludir él mismo la responsabilidad.
Hablaba Mven Mas, y el corazón de Chara latía con más fuerza, orgulloso de su elegido. La culpa del africano no parecía ya tan grave.
Él volvió a su sitio y quedó allí, a la vista de todos, esperando la decisión.
Evda Nal entregó la cinta magnetofónica del discurso de Ren Boz. La voz débil y entrecortada del físico expandióse por toda la sala, aumentada por los amplificadores.
Disculpaba a Mven Mas. Al director de las estaciones exteriores, que no conocía toda la complejidad de la cuestión, no le quedaba otra salida que confiar en él, en Ren Boz, el cual le había convencido de la seguridad del éxito. Pero el físico tampoco se consideraba culpable. «Cada año — decía — se hacen experimentos de menor importancia, que a veces terminan de un modo trágico. La ciencia, lucha por la dicha de la humanidad, también exige víctimas, como cualquier otra lucha. Los cobardes, que se preocupan mucho de resguardar su persona, no gozan nunca la plenitud ni la alegría de la vida, y los hombres de ciencia que hacen lo propio no realizan jamás grandes progresos…» Para terminar, Ren Boz hacía un breve análisis de la experiencia y de sus propios errores y expresaba su convencimiento en el futuro éxito. Con estas palabras acababa la grabación.
— Ren Boz no ha dicho nada acerca de sus observaciones durante la experiencia — manifestó Grom Orm, alzando la cabeza y dirigiéndose a Evda Nal —. ¿No quería usted hablar en su nombre?