Un timbrazo prolongado hizo estremecer a todos. Ingrid se agarró a Key Ber.
— ¡La Tantra, está en peligro! ¡La intensidad del campo es dos veces más alta de la calculada!
El astronauta palideció. Había ocurrido lo inesperado. Era preciso tornar inmediatamente una determinación. La suerte de la astronave estaba en sus manos. El acrecentamiento continuo de la fuerza de atracción exigía que se aminorase la marcha de la nave no sólo porque su peso aumentaba, sino porque en medio de su camino se encontraba evidentemente una gran acumulación de materia compacta. Mas si se aminoraba la marcha, ¡no habría después manera de tomar nuevamente velocidad! Peí Lin apretó los dientes, y dio vuelta a la manija de conexión de los motores iónicos planetarios de freno. Un sonoro golpeteo se fundió con la melodía de los instrumentos, acallando el pertinaz timbrazo del aparato que calculaba la correlación entre la fuerza de atracción y la velocidad. El timbre cesó de repiquetear y las agujas corroboraron el éxito: de nuevo, la velocidad no era peligrosa y se acercaba a la que correspondía a la creciente gravitación. Pero apenas hubo desconectado Peí Lin los frenos, volvió a resonar: la amenazadora fuerza gravitatoria exigía que se disminuyese la marcha. Ya no cabía duda de que la astronave iba derecha hacia un potente centro de atracción.
El astronauta no se decidió a cambiar el curso, fruto de un gran trabajo y una extrema exactitud. Utilizando los motores planetarios, frenó otra vez la astronave, aunque ya era evidente el error cometido al trazar la ruta a través de una masa desconocida de materia.
— El campo de atracción es muy grande — indicó Ingrid a media voz —. Tal vez…
— ¡Hay que aminorar aún más la marcha, para virar! — gritó el astronauta —. Pero ¿cómo acelerarla después?… — y en sus palabras se percibía una indecisión fatal.
— Ya hemos atravesado la zona externa vertiginosa — repuso Ingrid —. La gravitación aumenta con rapidez y sin cesar.
Oyóse un golpeteo frecuente y sonoro: los motores planetarios habían comenzado a funcionar automáticamente, cuando la máquina electrónica que gobernaba la nave percibiera delante una enorme acumulación de materia. La Tantra empezó a balancearse.
A pesar de la incesante aminoración de la marcha, las personas que se encontraban en el puesto central de comando empezaron a perder el conocimiento. Ingrid cayó de rodillas, mientras Peí Lin, en su sillón, se esforzaba por alzar la cabeza, pesada como el plomo.
Key Ber sintió un miedo absurdo, zoológico, y un desamparo infantil.