— Para ir al Círculo Polar Ártico es tarde. Nos enviarán al hemisferio Sur, pues allí empezará pronto el verano, al Alba Blanca, de la Tierra de Graham.
— De acuerdo, Erg. Si Dar Veter no se marcha inmediatamente a reconstruir el sputnik 57. Creo que antes prepararán los materiales…
— ¡Vaya con su hombre terrestre! Se estará casi un año en el cielo…
— ¡Déjese de ingeniosidades! Ese cielo está muy cerca en comparación con los infinitos espacios que nos han separado a usted y a mí.
— ¿Y lo lamenta, Veda?
— ¿A qué lo pregunta, Erg? En cada uno de nosotros hay dos mitades: una tiende afanosa a lo nuevo, la otra guarda el recuerdo de lo pasado y volvería gozosa a ello.
Usted sabe esto, como sabe también que nunca ese regreso consigue llegar al objetivo.
— Sí, pero la pena queda… como una corona sobre una tumba querida. Béseme, Veda, ¡buena amiga mía!..
Ella le besó sumisa; luego, apartó levemente al astronauta y echó a andar de prisa hacia la carretera por donde pasaba la línea de electrobuses. Erg Noor la siguió con la mirada hasta que el robot-conductor paró el vehículo y el vestido rojo de Veda desapareció tras la portezuela transparente.
Veda miraba también, a través del cristal, al inmóvil Erg Noor. En su mente se repetía tenaz el estribillo de unos versos de un poeta de la Era del Mundo Desunido, a los que había puesto música recientemente, después de traducirlos, Ark Guir. Dar Veter le había dicho un día, en respuesta a un tierno reproche: