Cuatro personas se dirigían hacia el océano por un argentado sendero con brillo de porcelana. Los rostros de los dos hombres que iban detrás parecían tallados en granito gris; los grandes ojos de las dos mujeres eran profundos, enigmáticos.

Niza Krit, apretando la cara contra el cuello de piel de la esclavina de Veda Kong, replicaba con calor a la docta historiadora. Y ésta, sin ocultar su leve asombro, examinaba con atención a aquella muchacha tan parecida a ella exteriormente.

— Yo creo que el mejor regalo que una mujer puede hacer al amado es crearlo de nuevo y prolongar así la existencia de su héroe. ¡Pues eso es casi la inmortalidad!

— Los hombres no piensan así con respecto a nosotras — repuso Veda —. Dar Veter me ha dicho que no querría una hija demasiado parecida a la mujer amada, porque le dolería abandonar el mundo dejándola sola, sin el amparo de su cariño y ternura, ante el ignoto destino… Eso es una supervivencia de los antiguos celos y del instinto protector.

— A mí me horroriza la idea de separarme de mi nene, del hijito de mis entrañas — continuó Niza, sumida en sus pensamientos —. ¡De entregarlo para que lo eduquen, apenas destetado!

— La comprendo, pero no estoy de acuerdo con usted — y Veda mostró ceño, como si la muchacha hubiese tocado la cuerda más sensible de su alma —. Una de las más grandes tareas de la humanidad es la victoria sobre el ciego instinto maternal; la comprensión de que sólo la educación colectiva de los niños, por gentes especialmente instruidas y seleccionadas, es capaz de formar al hombre de nuestra sociedad actual. Hoy día no existe ese amor maternal, casi insensato, de los tiempos antiguos. Cada madre sabe que el mundo entero cuida cariñosamente de su niñito. Y por eso ha desaparecido ese amor instintivo, de loba, surgido de un miedo zoológico por la suerte de su cría.

— Ya me hago cargo — dijo Niza —, pero solamente con el cerebro.

— Pues yo siento con todo mi ser, por entero, que esta dicha suprema de proporcionar alegrías a un semejante es asequible a cualquier persona, cualquiera que sea su edad.

Cosa que en las anteriores sociedades era únicamente patrimonio de los padres y los abuelos, y sobre todo, de las madres… ¿Por qué se ha de estar continuamente con el pequeño? Eso es también un vestigio de los tiempos en que las mujeres se veían obligadas a llevar una vida de reclusión y no podían acompañar a sus amados a todas partes. En cambio ustedes estarán siempre juntos, mientras se quieran…

— No sé, pero a veces me entra un deseo tan ardiente de ver a mi lado un pequeño ser, parecido a él, que mis manos se crispan… y… Bueno, ¡yo no sé nada!..