— Existe la isla de las Madres: Java. Allí viven todas las que quieren educar ellas mismas a sus nenes.
— ¡Oh, no! Yo no podría ser educadora, a semejanza de las que adoran a los niños. Me siento con tantas fuerzas… Además, he estado una vez en el Cosmos…
Veda se ablandó.
— Usted, Niza, es la encarnación de la juventud, y no sólo físicamente. Como todas las personas muy jóvenes, no advierte que esas contradicciones de la vida con que tropiezan constituyen la vida misma, que las alegrías del amor reportan siempre inquietudes, preocupaciones y disgustos; tanto mayores cuanto más fuerte es el amor. Y le parece que todo se va a perder al primer golpe de la vida…
Al pronunciar estas palabras, a Veda se le ocurrió de pronto una idea: ¡No, no era solamente la juventud la causa de las inquietudes y ansiosos anhelos de Niza!
Veda había incurrido en el error, común a muchas gentes, de considerar que las heridas del alma cicatrizan al mismo tiempo que las lesiones del cuerpo. Y no es así ni mucho menos. Durante largos años se conserva la herida de la psique, profundamente oculta bajo la envoltura de un cuerpo sano, y puede abrirse de improviso, a veces por un motivo insignificante.
Eso mismo le ocurría a Niza: cinco años de parálisis, aun en completa inconsciencia, tenían que haber dejado huella en todas las células del cuerpo, el espanto del encuentro con aquella terrible cruz que había estado a punto de matar a Erg Noor.
Niza, adivinando los pensamientos de Veda, dijo con voz sorda:
— Desde que estuve en la estrella de hierro, no me abandona una sensación extraña.
En el fondo del alma siento un vacío angustioso. Ese vacío coexiste con la seguridad de mi dicha y mi fuerza; no las excluye, pero no desaparece. Y yo no puedo combatirlo más que con algo que me absorba por entero y no me deje a solas con él… Ahora sé lo que es el Cosmos para un ser humano solitario, ¡y ello me hace honrar más aún la memoria de los primeros héroes de la astronáutica!