— Me parece que la comprendo — repuso Veda —. Yo he estado en las pequeñas islas de Polinesia, perdidas en medio del océano. Allí, en las horas de soledad, ante el mar inmenso, se siente una embargada por una tristeza infinita, es como si se oyera una monótona canción, nostálgica y lejana. Seguramente, el recuerdo de la soledad primitiva de la conciencia le dice al ser humano cuan desvalido era antes, prisionero en la angosta celda de su alma. Sólo el trabajo colectivo y los pensamientos comunes pueden liberarle de ese cautiverio. Llega un barco, más pequeño al parecer que la propia isla, y la inmensidad del océano no es la misma. Un puñado de camaradas y un barco constituyen ya un mundo singular que se lanza a lejanías accesibles, sumisas a él. Así ocurre también en la astronave, el navío cósmico. ¡Está usted en compañía de camaradas audaces, fuertes! Pero la soledad ante el Cosmos… — Veda se estremeció —. Yo no creo que el ser humano sea capaz de soportarla.
Niza se apretó más contra Veda.
— ¡Usted lo ha dicho! Por eso, yo quiero todo de una vez…
— Le he tomado afecto, Niza. Y ahora estoy más de acuerdo con su decisión… que me parecía insensata.
Niza, en silencio, estrechó la mano de Veda y acercó la nariz a su mejilla, fría del viento.
— Pero ¿resistirá usted eso, Niza? ¡Es tan difícil!..
— ¿A qué dificultades se refiere, Veda? — preguntó Erg Noor, que había oído su última exclamación —. ¿Se ha confabulado usted con Dar Veter? Él lleva media hora tratando de convencerme de que transmita a los jóvenes mi experiencia de astronauta, en vez de emprender un vuelo del que no se vuelve.
— ¿Y le ha convencido?
— No. Mi experiencia de la astronáutica es más necesaria todavía para llevar el Cisne a su punto de destino, allí — y Erg Noor señaló al cielo, claro y sin estrellas, donde, más abajo de la Nube Menor de Magallanes, cerca del Tucán y de la Hidra, debía lucir la resplandeciente Achernar —. ¡Para conducirlo por un camino que aún no ha recorrido ninguna nave de la Tierra ni del Circuito!
Al pronunciar la última palabra, emergió a sus espaldas el borde del sol naciente, desvaneciendo con sus rayos el misterio del alba blanca.