Pero Niza había saltado a una roca que se alzaba sobre las olas y le arrojaba ya a Veda su ropa.
Las frías olas acogieron a Niza, y su amiga tembló sólo de pensar en aquel baño. La muchacha nadaba tranquila, mar adentro, atravesando las olas con vigorosos impulsos.
Sobre la cresta de una de ellas agitó la mano invitando a los que quedaban en la orilla a que siguieran su ejemplo.
Veda la observaba con admiración.
— Veter, Niza es mejor novia para un oso polar que para Erg. ¿Será posible que usted, un hombre del Norte, se quede atrás?
— Yo soy de origen nórdico, pero prefiero los mares templados — dijo el aludido en tono lastimero, acercándose de mala gana al mar, que salpicaba embravecido.
Después de desnudarse, metió con tiento un pie en el agua y, dando un grito, se lanzó al encuentro de una acerada ola. De tres brazadas, subió a la cima y deslizóse a la negra fosa de la segunda. Sólo los muchos años de entrenamiento y los continuos baños anteriores, tanto en verano como en invierno, salvaron su prestigio. Al instante, se le cortó el aliento y unos circulillos rojos empezaron a danzar ante él. Con unas cuantas zambullidas y unos bruscos saltos, recobró la respiración. Amoratado, tiritando, nadó hasta la orilla y ascendió por la pendiente, en unión de Niza, a todo correr. Unos minutos más tarde, ambos se deleitaban con el calor de las pieles que los envolvían. Hasta el cortante viento parecía traer el hálito de los mares de coral.
— Cuanto más la conozco — dijo Veda muy quedo —, más me convenzo de que Erg no se ha equivocado en su elección. Usted, como ninguna otra, le infundirá ánimo en los momentos difíciles, le alegrará, lo cuidará…
Las mejillas de Niza, blancas, no atezadas, se arrebolaron intensamente.
Mientras se desayunaban en una alta terraza de cristal, vibrante al viento, Veda encontró a menudo la mirada, pensativa y dulce, de la muchacha. Los cuatro estaban silenciosos, como suele ocurrir cuando espera una larga separación.