— Vamos, ángel del cielo — y Veda Kong tomó el brazo de Dar Veter, aparentando no haber advertido la arruga de su entrecejo —. ¡Seguramente estará usted ya harto de la Tierra!
Dar Veter, muy separadas las piernas, se mantenía en pie sobre la inestable base de una armadura apenas sujeta, y miraba hacia abajo, al espantoso abismo que se abría entre las desgarradas capas de nubes. Allí se columbraba la superficie del planeta, cuya ingente mole se percibía incluso a aquella distancia, igual a cinco diámetros de la Tierra, con los sinuosos contornos grises de los continentes y las manchas violentas de los mares.
Con emoción, iba reconociendo aquellos perfiles, conocidos desde la infancia por las fotografías tomadas desde los sputniks. Allí estaba la línea cóncava de la costa, a la que llegaban, en sentido transversal, las rayas oscuras de las montañas. A la derecha brillaba el mar, y bajo las plantas de Dar Veter, se divisaba un angosto valle. Aquel día había tenido suerte: las nubes se habían disipado sobre el sector del planeta donde vivía y trabajaba Veda. Por aquellos lugares, en la escarpada falda de unos elevados montes grises, acerados, se encontraba la antigua cueva, cuyas espaciosas galerías se adentraban en las profundidades de la Tierra. Veda recogía allí, entre los despojos mudos y polvorientos del pasado de la humanidad, esas partículas de verdad histórica sin las que no es posible comprender el presente ni prever el futuro.
Inclinándose desde la plataforma de estriadas planchas de bronce circónico, Dar Veter envió con el pensamiento un saludo a aquel punto, dudosamente adivinado, oculto por unos cirros de cegador brillo que se habían deslizado desde Occidente. La oscuridad de la noche se extendía allí como un muro tachonado de relucientes estrellas. Las nubes avanzaban en capas superpuestas, como inmensas balsas que flotasen unas sobre otras.
Bajo ellas, por el abismo, cada vez más negro, la Tierra rodaba hacia el muro de las tinieblas como si fuera a perderse en la nada, para siempre. El suave resplandor zodiacal nimbaba el planeta por su parte sombría, brillando en la negrura del espacio cósmico.
La parte iluminada de la Tierra estaba envuelta en un manto azul de nubes que reflejaba la potente luz del Sol gris de acero. Todo el que mirase a las nubes, sin gafas provistas de filtros oscurecedores, quedaría ciego, e igual suerte correría quien se volviese hacia el terrible astro encontrándose fuera de la protección de la atmósfera terrestre, de un espesor de mil kilómetros. Los duros rayos del Sol, de ondas cortas — ultravioletas y X — fluían en un poderoso torrente mortal para todo lo vivo, al que se agregaba la continua y copiosa lluvia de partículas cósmicas. Las estrellas que se encendían de nuevo, o las que chocaban en la infinita lejanía de la Galaxia, enviaban al espacio radiaciones mortíferas. Y sólo la segura defensa de la escafandra salvaba a los trabajadores de una muerte cierta.
Dar Veter lanzó al otro lado el cable de seguridad y avanzó por la viga de apoyo en dirección al refulgente carro de la Osa Mayor. Un gigantesco tubo estaba adosado al futuro sputnik en toda su longitud. En sus dos extremos se elevaban unos triángulos agudos que sostenían enormes discos irradiadores de un campo magnético. Cuando se instalasen las baterías que transformaban en corriente eléctrica la radiación azul del Sol, sería posible desembarazarse de las ataduras y desplazarse a lo largo de las líneas de fuerza magnética con placas de guía en el pecho y la espalda.
— Queremos trabajar de noche — resonó inesperadamente, en su casco hermético, la voz del joven ingeniero Kad Lait —. ¡El comandante del Altai ha prometido dar luz!
Dar Veter miró hacia abajo, a la izquierda, donde, como peces dormidos, pendían enganchados varios cohetes de carga. Más arriba, bajo un dosel plano que protegía de los meteoritos y del Sol, se cernía una plataforma provisional, de planchas de revestimiento interior, en la que se clasificaban y montaban las piezas traídas por los cohetes. Allí agolpábanse los trabajadores, semejantes a oscuras abejas, o a luciérnagas cuando la superficie reflectora de sus escafandras salía de la sombra del dosel protector.
Una red de cables partía de las negras escotillas abiertas en los costados de los cohetes, por las que eran descargadas las piezas grandes. Más arriba, encima mismo de la armadura del sputnik, un grupo de hombres, en posturas extrañas y a veces cómicas, andaban atareados con una enorme máquina. En la Tierra, un solo anillo de bronce de berilio recubierto de borazón habría pesado sus buenas cien, toneladas. Pero allí, aquella mole pendía dócilmente, cerca del esqueleto metálico del sputnik, de un fino cable destinado a igualar las velocidades integrales de rotación alrededor de la Tierra de todas aquellas piezas, sueltas aún.