— ¡Ah, necio de mi! — exclamó Peí Lin con amargura —. ¡Yo estaba convencido de que nos encontrábamos cerca de una nube opaca! Y esto es…
— ¡Una estrella de hierro! — gritó Ingrid Ditra con espanto.
Erg Noor, agarrándose al respaldo de un sillón, se levantó del suelo. Su rostro, pálido de ordinario, tenía una tonalidad azulenca, pero sus ojos brillaban con el vivo fulgor de siempre.
— Sí, una estrella de hierro — dijo lentamente —. ¡El terror de los astronautas!
Nadie se imaginaba hallarla en aquella región, y las miradas de todos se volvieron hacia el jefe con temor y esperanza.
— Yo pensaba sólo en la nube — se justificó quedo Peí Lin, en tono de culpa.
— Una nube opaca con tal fuerza de gravitación debe contener partículas sólidas, bastante voluminosas, y la Tantra habría perecido ya. Es imposible evitar una colisión en un enjambre semejante — repuso Erg Noor en voz baja, pero firme.
— Mas esos bruscos cambios de intensidad del campo, esos remolinos ¿no señalan, acaso, sin lugar a dudas, la presencia de una nube?
— O la de un planeta de la estrella; puede que sea más de uno…
El astronauta se mordió los labios hasta hacerse sangre. El jefe, alentador, inclinó la cabeza y apretó los botones despertadores.